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ᴹᴮᴬᴸᵀ (4)🔮 JaeYong

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Capítulos

46

JAEHYUN

Kim Doyoung es un mago tenaz, no me importa admitirlo.

Bueno, no me importa admitirlo ahora que está momentáneamente de mi parte.

No me sorprende que Lee lo siga como un perro con estupidez congénita con una correa demasiado corta. Estoy bastante seguro de que seguimos sin saber nada que no supiéramos antes, pero Kim es tan perspicaz y transmite tanta confianza que cada minuto que pasamos con él en la habitación parece un progreso.

También nos ha arreglado la ventana y ahora ya no chirría.

No estoy seguro de si le sigo pareciendo odioso o repugnante, pero Roma no se construyó en una hora, ni a base de admiración recíproca. Está dotado de una inteligencia magnífica para la Historia de la Magia (su casa debe de estar repleta de libros prohibidos) y la mitad de sus opiniones lo mandarían a un calabozo si se apellidara Bae en lugar de Kim.

(Debe de tener un poco de sangre Normal en alguna parte; Kim es el apellido menos mágico del reino. Y solo hay que ver a su padre, el profesor Kim. Es como si un libro lleno de notas a pie de página hubiera cobrado vida. Es una chaqueta con parches en los codos andante. Enseñó una unidad especial sobre el Humdrum el semestre pasado, y creo que no he podido seguir ni una sola de sus frases entera.)

Lee y Kim me mandan a buscar algo de cena (porque soy el único que tiene cierta influencia con la cocinera Pritchard; es prima lejana mía) y, cuando vuelvo, Kim tiene en la mano un trozo de tiza verde y está agregando sus anotaciones a las mías con una letra manuscrita pequeña y apretada en la pizarra.

Taeil.

—Verificar biblioteca.

—¿Preguntar a mi madre? (¿Algún riesgo?)

—¿Preguntar al Hechicero? No.

—¿Google? ¡Sí! (Usarlo no duele, Taeyong.)

Incluso sus notas se dirigen a Lee. Este par son como Ant y Dec. Agarraditos por la cadera. Mmm... me pregunto si Jungwoo vendrá también en el pack.

—Taeyong tiene razón sobre los vampiros —dice Kim sin apartarse de la pizarra.

La bandeja de la cena se me ladea en las manos. Me inclino un poco para corregir la inclinación.

—¿Qué?

—Los vampiros —dice mientras se da media vuelta con los brazos en jarras. Tiene la camisa manchada con el polvo de la tiza.

Lee deja un libro y se acerca para coger la jarra de leche de la bandeja. Se la lleva a la boca y le doy una patada en la espinilla.

—¡Anatema! —dice.

—No intento hacerte daño; intento protegerte de tus propios modales repugnantes.

La habitación no va a culparme esta vez, idiota. Aquí hay tres vasos.

Coloca la leche en la mesa que separa nuestras camas, luego coge los vasos y el trapo lleno de bocadillos.

—¿La cocinera Pritchard te acaba de dar todo esto? —desenvuelve una pila de brownies.

—Le caigo bien —aseguro.

—Pensaba que yo le caía bien —dice— ¡La salvé de una lagartija de cocina!

—Sí, bueno, le caigo bien por lo que soy.

Vampiros —dice Doyoung— ¿Al menos me están escuchando?

Hago un gesto despectivo. Me sale solo: es la costumbre.

—Tómate un sándwich, Kim.

—¿Cómo podremos averiguar quién envió a los vampiros o qué querían —Sigue parloteando— si no sabemos nada sobre ellos?

—Los vampiros quieren sangre —dice Lee con el hocico lleno de rosbif.

—Pero eso lo pueden obtener en cualquier parte —dice Doyoung— Pueden obtenerlo fácilmente. En el Soho, después de medianoche —coge un sándwich y se sienta en la cama de Lee con las piernas cruzadas— No se me ocurre ningún lugar más complicado para que un vampiro obtenga sangre —añade— que Watford, en pleno día.

En eso tiene razón.

—Entonces, ¿por qué intentarlo siquiera? —pregunta.

—Bueno, las clases todavía no habían empezado —Señalo mientras cojo una manzana—así que nadie estaba en guardia.

—Claro, pero es Watford —sacude su larga melena— Incluso en aquel entonces, había un muro de defensa contra los seres oscuros.

—No tiene por qué tener sentido —dice Lee— El Humdrum envió a los vampiros igual que hoy envió al dragón, que tampoco quería estar aquí.

No estaba seguro de si Lee era consciente de eso ni de si me había creído cuando se lo había dicho. Pensé que iba a asesinar a aquella dragona a sangre fría delante de toda la escuela.

Bueno, no la iba a asesinar exactamente a sangre fría (nos estaba atacando) Pero matar un dragón es un acto mezquino, demasiado oscuro incluso para mi familia.

No se mata a un dragón a menos que se quiera abrir una puerta al infierno.

—Pero si la directora Jung—Bae se refería al Humdrum —dice Kim—¿qué razón tenía para ponerle a JaeHyun esa carga? ¿Esperaba matar al Humdrum? ¿Y qué hay del tal Taeil?

Lee frunce el ceño.

—Deberíamos dejar de considerarlo un ataque aislado.

—Es el único ataque de vampiros en la historia de la escuela —sostengo.

—Claro, pero en aquella época estaban ocurriendo todo tipo de cosas —responde— El Hechicero dijo que los seres oscuros pensaban que nos estábamos debilitando; estaban haciendo un serio avance en nuestro reino.

—¿Cuándo dijo eso? —pregunta Dongs.

—Está en La Crónica —responde Lee— El Hechicero dio un discurso ante el Aquelarre; antes incluso de la invasión de Watford —se mete lo que le que queda del bocadillo en la boca y estira el brazo alrededor de Dongs para coger un libro. Su chaqueta y su jersey están en el suelo, y la camisa blanca se le sale por un lado de los pantalones.

Encuentra la página correcta de inmediato y nos la muestra. Estoy de pie, por encima de ellos: la verdad es que no estoy preparado para sentarme en la cama de Lee.

Es la primera página de La Crónica. El discurso del Hechicero se publicó íntegro y hay un extenso gráfico con fechas y atrocidades resaltados en negrita (todos los ataques al género mágico en un periodo de cincuenta años) «¿NUESTRO REINO EN PELIGRO?», se pregunta el titular.

—Espera un minuto... —Kim le quita el libro y le da su bocadillo para que se lo sostenga; él le pega un mordisco— No dice nada sobre el Humdrum —pasa las hojas hasta llegar a la historia sobre la muerte de mi madre, luego la revisa con el dedo— Tampoco hay nada sobre el Humdrum —cierra el libro y golpea la cubierta con su anillo—: ¡Búsqueda exhaustiva: Humdrum!

El libro se abre y las páginas comienzan a pasar solas hacia delante. Adquieren mayor velocidad hacia el final; luego, el libro se cierra de golpe en su regazo.

—Ni una mención —confirma Dongs.

—No tiene sentido —añado— El Humdrum ya existía entonces. El primer punto muerto apareció a finales de la década de los noventa. Cerca de Stonhenge. Lo estudiamos en Historia de la Magia.

—Lo sé —dice Dongs— Mi madre estaba embarazada de mí cuando ocurrió. Mi padre y ella visitaron el lugar —Kim le quita a Lee lo poco que queda de su bocadillo y le da un mordisco. Me mira y mastica con aire de sospecha—: Me pregunto cómo supieron...

—¿Quién? —pregunto— ¿Qué?

—Me pregunto cómo llegaron a la conclusión de que el Humdrum estaba detrás de todo —reflexiona Dongs—detrás de los ataques de los seres oscuros y los puntos muertos. ¿Cómo podían saber que se trataba de él antes de saber la sensación que producía? Así es como lo identificamos ahora. Esa sensación.

—¿Sentiste el Humdrum? —pregunta Lee— ¿Ese día, en la guardería?

—Estaba un poco distraído —respondo.

—¿Qué te dijeron? —pregunta Kim.

—¿Quién me dijo qué?

—Tu familia. Tras la muerte de tu madre.

—No me dijeron nada. ¿Qué me iban a decir?

—¿Te contaron que fueron los vampiros?

—No hacía falta que me lo contaran: yo mismo estaba allí.

—¿Lo recuerdas? —pregunta Doyoung— ¿Viste a los vampiros?

—Sí —coloco la manzana de nuevo en la bandeja. Lee se aclara la garganta.

—JaeHyun, ¿cuándo fue la primera vez que escuchaste que fue el Humdrum quien envió a los vampiros?

Igual piensan que mi padre me sentó en un sillón orejero de cuero y me dijo:

«Jae, hay algo que debo decirte...».

Él nunca ha pronunciado esas palabras.

En mi familia, nadie cuenta nada. Las cosas, simplemente, se saben. Aprendes a saber.

Nadie tuvo que contarme que podemos hablar de mi madre, pero no de su muerte. Nadie tuvo que contarme que yo mismo soy un vampiro.

Recordaba que me habían mordido, crecí escuchando las mismas historias de terror que los demás niños, y de repente un día desperté con ansias de sangre. Y nadie tuvo que decirme que no podía beberme la de otra persona.

—Lo supe en la escuela —afirmo— Igual que vosotros.

Ambos parecen sorprendidos.

—¿Qué les pasó a los vampiros? —pregunta Lee— No los que mató tu madre; a los demás.

—El Hechicero expulsó a la mayoría fuera de Inglaterra —respondo— Creo que es la única vez que mi familia ha cooperado con sus redadas.

—Mi madre dice que la guerra comenzó con las redadas de vampiros —añade Kim.

—¿Qué guerra? —pregunta Lee.

—Todas —precisa. Se inclina sobre el regazo de Lee para alcanzar los brownies.

Cojo un bocadillo y la manzana y me pongo de pie.

—Necesito un poco de aire.

Espero hasta llegar a las catacumbas para tragar. En realidad, no me gusta comer delante de la gente.

47

TAEYONG

Dongs vuelve a la pizarra y sigue tomando apuntes.

Hablar con mi padre durante las vacaciones de Navidad. ¿Podemos esperar tanto tiempo?

¿Le pido que envíe notas?

🔮

—¿Por qué todas? —pregunto.

—¿Mmm?

—¿Por qué todas las guerras? ¿Por qué todas comienzan con las redadas de vampiros?

—La guerra con los seres oscuros comenzó ahí —señala— Debería ser obvio. Es decir, los magos y los vampiros nunca se han llevado bien: nosotros necesitamos vivos a los Normales y ellos, muertos. Pero la invasión de Watford fue un acto de guerra. Y también fue el primer ataque real del Humdrum.

—¿Y qué me dices de la guerra con las Familias Antiguas?

—Bueno, las reformas del Hechicero comenzaron en ese momento —señala.

—Ojalá solo hubiera una guerra —aventuro— Y un solo enemigo con el que romperme la cabeza.

—Vaya —dice Dongs mientras por fin se aleja de la pizarra— ¿qué va a ser de ti ahora que no tienes a JaeHyun?

—Todavía tengo a JaeHyun.

—Pero no como enemigo.

—Solo nos hemos dado una tregua —aclaro.

—Una tregua en la que comparten magia.

—Dongs —frunzo el ceño y vuelvo a recostarme en mi cama. Estoy hecho polvo. Noto cómo se sube a la cama y se coloca a mi lado.

—Inténtalo de nuevo —me dice y me coge la mano.

—No.

—¿Por qué lo has probado con JaeHyun?

—No lo he hecho —le digo— Solo quería ayudarle y no sabía cómo. Así que apoyé la mano sobre su hombro y me concentré en ayudarle.

—Fue absolutamente extraordinario.

—¿Crees que alguien se dio cuenta?

—No... Quizá. No lo sé. Ni siquiera yo estaba completamente seguro de lo que estaba pasando, y era el que más cerca estaba. Pero le vi enderezarse como una vara cuando lo tocaste. Y, entonces, el hechizo empezó a funcionar. Es imposible que JaeHyun tenga poder suficiente como para repeler un dragón... —me aprieta la mano— Inténtalo de nuevo.

Le devuelvo el apretón.

—No, te dolería.

—A JaeHyun no le dolió.

—Tal vez sí le dolió, pero él nunca lo admitiría.

—Quizá no le dolió —repite— porque ya está muerto.

—JaeHyun no está muerto.

—Bueno, no está vivo.

—Yo... yo creo que... —añado— JaeHyun tiene magia. Eso es vida.

—¡Por los dientes de Morgan! Imagina que pudieras hacerlo de nuevo. Que realmente pudieras controlar tu poder, Taeyong.

—Era JaeHyun quien controlaba mi poder.

—Daba la sensación de que te estuvieras concentrando por primera vez, como si algo te estuviera dirigiendo. Has usado a JaeHyun como si fuera una varita mágica.

Cierro los ojos.

—No lo estaba usando.

48

JAEHYUN

Cuando vuelvo, Kim ya se ha ido. Me percato de que se ha vuelto a sentar en mi cama: huele a él. A sangre y chocolate y hierbas aromáticas. Mañana se lo pienso decir.

Lee se ha dado una ducha, por eso la habitación está húmeda, aunque los papeles y las cosas de la cena aún están desperdigados por la mesa y el suelo. Es como tener dos desastres de compañeros de habitación en vez de uno.

En todo caso, la pizarra está en su sitio, llena a reventar con la prieta caligrafía de Kim, apoyada contra la pared.

Me quito la chaqueta, hago un hechizo de limpieza, y la cuelgo en el armario.

Tengo la corbata en el bolsillo. La saco y la coloco alrededor de la percha.

Me he comido el sándwich en el sótano y lo he acompañado con unas cuantas ratas. Necesito volver de cacería al bosque; las ratas empiezan a escasear y en las catacumbas cada vez cuesta más encontrarlas, incluso aunque intente no cazar a las hembras.

Ir a cazar al bosque es una lata. Tengo que hacerlo de día porque al anochecer el Hechicero sube el puente levadizo y no puedo usar un Ligero como una pluma para saltar sobre el foso todas las noches como lo he hecho hoy; no tengo tanta magia.

Miro por encima del hombro y veo a Lee: un bulto en la cama, completamente tapado por las mantas.

Él sí que tiene magia.

Él sería capaz de cualquier cosa.

Sigo notando la vibración de su magia, y eso que ya han pasado varias horas desde que me apretó el hombro con la mano. Ya me había lanzado hechizos antes, pero este ha sido distinto. Ha sido como si me hubiera golpeado con un rayo benévolo. He sentido una quemadura limpia. Infinita...

No, la palabra para definirla no es infinita. Hueca. Como si mi interior hubiera crecido. Como si ahora pudiera lanzar cualquier hechizo: sostener cualquier promesa.

Al principio tuve la sensación de que Lee me estaba entregando parte de su magia. Transmitiéndomela. Sin embargo, después la magia estaba en mí. En ese momento, todo lo que era suyo, también me pertenecía.

Está bien. Debo dejar de pensar en esto así. Como si fuera un regalo. Lee nunca se hubiera abierto ante mí si no hubiéramos tenido un dragón encima...

Me pregunto si podría intentar arrebatarle magia, pero la idea me revuelve el estómago.

Me cambio, me lavo los dientes en el baño, y, cuando salgo, veo que Lee está sentado en su cama.

—¿JaeHyun?

—Qué —me siento en mi cama, encima de las mantas.

—Esto... ¿puedes venir aquí?

—No.

—Pues voy yo, entonces.

Me cruzo de brazos y piernas.

—Mejor no.

Lee resopla, exasperado. Bien, pienso.

—Ven aquí un momento —dice— ¿Vale? Tengo que probar una cosa.

—¿Te das cuenta de lo ridículo que suena eso?

Se levanta. Nuestra habitación está a oscuras, pero ya ha salido la luna y yo le veo a él mejor de lo que él me ve a mí. Lleva puestos los pantalones de pijama de franela del uniforme de la escuela y su cruz dorada. Bajo esta luz, su piel es tan gris como la mía, y brilla como una perla.

—No te puedes sentar en mi cama —le digo mientras lo hace— Kim tampoco. Me apesta la cama a intensidad y brownies.

—Toma —dice y me tiende la mano.

—¿Qué quieres que haga, Lee?

—Nada —dice. Lo dice en serio, el maldito hijo de puta— Tenemos que intentarlo otra vez.

—¿Por qué?

—Para asegurarnos de que no fue una casualidad —dice.

Fue una casualidad. Estabas luchando con un dragón y yo te estaba ayudando, una casualidad al cuadrado.

—¡Por Merlín, JaeHyun! ¿No quieres averiguarlo?

—¿El qué? ¿Si puedo acceder a ti como un generador?

—No fue así —me corrige— Te dejé acceder a mí.

—¿Me vas a dejar hacerlo de nuevo?

—No.

—¡Entonces da igual que fuera una casualidad!

Lee sigue sentado en mi cama.

—Vale —dice— Tal vez.

—¿Tal vez qué?

—Tal vez lo haría de nuevo —dice— Si estuviéramos en una situación como la de hoy: si hubiera vidas en peligro y esto pudiera ser una solución, una opción distinta a, ya sabes, explotar.

—¿Y si la vuelvo en tu contra?

—¿Mi magia?

—Sí —digo— Qué pasaría si cojo tu magia, la vuelvo en tu contra y resuelvo la cuestión JaeHyun contra Taeyong de una vez por todas.

A Lee se le abre un poco la boca. La lengua le brilla negra en la oscuridad.

—¿Por qué eres tan necio? —su voz suena enfadada— ¿Por qué ya se te ha ocurrido?

—Se me ocurrió mientras aún estaba encantando al dragón —respondo— ¿A ti no se te ocurrió?

No.

—Por eso te voy a hacer polvo —digo.

—Hemos hecho una tregua —dice Lee.

—Aún puedo pensar de manera antagónica. Tengo pensamientos violentos contra ti constantemente.

Me coge la mano. Tengo ganas de apartarla, pero no quiero que parezca que estoy asustado y... también tengo ganas de no quitarla. Maldito Lee. Ahora mismo, tengo pensamientos violentos contra él.

—Voy a intentarlo ahora —dice.

—Bueno.

—¿Vas a lanzar algún hechizo?

—No lo sé —digo— Este es tu experimento.

—Pues no lo hagas —dice— Ahora mismo no, al menos. Pero dime si te duele.

—Antes no me ha dolido —musito.

—¿No lo ha hecho?

—No.

—¿Qué sensación te ha producido?

—Deja de hablar de sensaciones —le digo, sacudiendo su mano— Pégame. O cárgame. Lo que sea que quieras hacer.

Lee se pasa la lengua por el labio inferior, entrecierra los ojos. Por Crowley. Siento su magia.

Primero, la noto como un zumbido en la punta de los dedos, luego una ráfaga de energía estática en todo el brazo. Intento no apartarme.

—¿Estás bien? —pregunta. Su voz es suave.

—Sí. ¿Qué estás haciendo?

—No sé —murmura— ¿Abriéndome? Creo.

La energía estática se instala en mi brazo con un fuerte tamborileo, como chispas ardientes de electricidad. La incomodidad se desvanece, incluso cuando la creciente sensación de ardor se intensifica. Ya sé qué hacer con esto: esto es fuego.

—¿Sigues bien? —pregunta.

—De maravilla —afirmo.

—¿Qué significa eso? ¿Que podrías usarla?

Me río, y mi risa suena más desenfadada de lo que me gustaría.

—Lee: creo que ahora mismo podría lanzar un soneto.

—Muéstramelo —dice.

Estoy tan lleno de poder que siento como si pudiera ver sin abrir los ojos. Como si pudiera convertirme en una estrella nova y formar mi propia galaxia, si así lo quisiera.

¿Así que esto es lo que se siente al ser Lee Taeyong? ¿Como si tuvieras el infinito en el bolsillo de la camisa?

Digo con voz clara:

—Estrellita, ¿dónde estás?

Cuando llego al final de la siguiente frase, la habitación que nos rodeaba ha desaparecido y da la sensación de que las estrellas están tan cerca que se pudieran tocar.

—¿En el cielo o en el mar?

Taeyong me coge la otra mano y mi pecho se expande aún más.

—¡Por Merlín y Morgana! —dice— ¿Estamos en el espacio?

—No lo sé —respondo.

—¿Es un hechizo? —pregunta.

—No sé.

Ambos miramos a nuestro alrededor. No creo que estemos en el espacio; puedo respirar sin ningún problema. Y no noto que esté flotando, aunque oscilo al borde de la histeria. Demasiado poder. Demasiadas estrellas. La boca me sabe a humo.

—¿Estás reprimiéndote, aunque solo sea un poco? —le pregunto.

—No que yo sepa —dice Lee— ¿Es demasiado?

—No. Es como si hubieras completado el circuito —digo, apretando su otra mano— Aunque me siento como si estuviera borracho.

—¿Borracho de poder? —pregunta. Suelto una risita nerviosa.

—Mierda, Lee. Deja de hablar. Esto es vergonzoso.

—¿Quieres que deje de hacerlo?

—No. Quiero ver las estrellas.

—Me estoy deteniendo —dice.

Y se detiene. La sensación es como si una marea se alejara, una marea de heroína y fuego.

Sacudo la cabeza. No suelto las manos de Lee.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí. ¿Y tú?

—Bien.

Ahora estamos sentados en mi cama, sosteniéndonos las manos, Lee Taeyong y yo. No me a atrevo a mirarle a los ojos, así que clavo la mirada en su cruz.

—Tu madre... —dice— Cuando volvió, dijo lo mismo sobre las estrellas: «Me dijo que seríamos estrellas».

—Creo que es una coincidencia —afirmo.

—Claro —asiente Taeyong— ¿Te queda algo? ¿Se te ha quedado dentro? ¿Mi magia?

—¿Una especie de resto, te refieres? —pregunto.

—Sí.

Sacudo la cabeza.

—No. Una sensación. Un zumbido. Pero no poder.

—¿Podrías hacerlo tú solo?

—¿Qué quieres decir?

—Aún nos estamos tocando —dice— Intenta acceder a ella.

Cierro los ojos e intento abrirme, ser un vacío o un agujero negro. No ocurre nada. Entonces, intento impulsarme hacia Lee. Succionarlo con mi propia magia... Pero tampoco pasa nada.

Abro los ojos.

—No. No puedo absorberla de ti. Nunca antes había escuchado que un mago pudiera absorber la magia de otro. ¿Te imaginas que hubiera un hechizo para eso? Nos destrozaríamos los unos a los otros.

—Ya nos destrozamos los unos a los otros.

—No puedo alcanzarla —repito.

—¿Crees que mi magia te ha hecho daño?

—No lo creo.

—Entonces, podríamos hacerlo de nuevo.

—Lo acabamos de hacer, Lee.

Asiente. Me pregunto si se le ha olvidado que nos estamos dando la mano. O si se le ha olvidado qué significa darse la mano. O si se le ha olvidado completamente quién soy.

Vuelvo a tener ganas de apartar las manos, pero, ahora mismo Lee podría encenderme hogueras en las palmas, y no podría retirarlas. Siento como si ya lo hubiera hecho.

—JaeHyun —dice, y no es que sea la primera vez que pronuncia mi nombre, pero sé que lo evita—esto es estúpido. Si vamos a trabajar juntos, no puedes seguir pretendiendo que no lo sé.

—¿Que no sabes qué? —digo, apartando las manos bruscamente.

—Que no sé lo que eres.

—Sal de mi cama, Lee.

—No va a cambiar nada...

—¿No?

—Bueno, haría las cosas más sencillas —dice— ¿Cómo podemos discutir lo que sabemos sobre los vampiros cuando ni siquiera admites que eres uno?

Largo de mi cama.

Lee se pone de pie, pero no deja de insistir.

—Lo . Lo he sabido desde que íbamos a quinto. ¿Cómo se supone que vamos a ayudarte si sigues manteniendo todos estos secretos? Es decir, ¿por qué has empezado el curso con retraso? ¿Y qué te ha pasado? ¿Por qué cojeas?

—Esto no es asunto tuyo —gruño— Nada de esto lo es.

—Tienes razón, pero me dijiste que querías que te ayudara. Así que lo has convertido en mi asunto.

—Solo te contaré lo que me parezca relevante.

—Se supone que debemos descubrir quién envió a los vampiros chupasangre a matar a tu madre y tú eres un vampiro chupasangre. ¿No crees que sea relevante?

Como si pudiera admitirlo. En voz alta. De manera oficial. Como si todo el gremio de magos no fuera a estar encantado de quemarme si supieran que es verdad.

Como si el propio Lee no hubiera tratado de delatarme todos los días durante estos siete años.

Mantengo la boca cerrada.

Debería irme. Volver a las catacumbas. Pero la magia de Lee me ha dejado exhausto: no estoy seguro de poder mantenerme en pie ahora mismo. Así que me limito a cerrar los ojos.

—Por hoy, ya he tenido bastante de ti —digo— Es como si me hubieran caído dos rayos en las últimas doce horas, y, ahora mismo, estoy hecho polvo.

49

TAEYONG

Jungwoo quiere hablar conmigo después de clase de Palabras Mágicas.

No hemos cruzado una palabra desde que rompimos (él casi ni me mira), así que cuando se me acerca, mi reacción espontánea es mirar al suelo y tratar de seguir caminando dando un rodeo. Me tiene que coger de la manga para que le preste atención, lo cual resulta incómodo para ambos.

—Taeyong —dice— ¿Puedo hablar contigo?

Parece muy nervioso; se muerde el labio inferior. Tengo que admitir que lo primero que se me ha pasado por la cabeza es que Jungwoo me echa de menos. Que quiere volver conmigo.

Por supuesto, voy a decirle que sí. Ni siquiera voy a darle oportunidad de que me lo pregunte. Podemos empezar ahora mismo donde lo dejamos. Quizá incluso le cuente lo que está pasando con JaeHyun: a lo mejor podría ayudarme.

Luego pienso que Jungwoo se aloja en los dormitorios que quedan cerca de nuestra habitación, tan cerca que JaeHyun puede oler su flujo sanguíneo, y decido no contárselo todo, por lo menos de momento.

Pero lo voy a recuperar.

Todo esto ha sido una mierda. Nos ignoramos mutuamente. Nos sentamos lejos.

Actuamos como enemigos cuando siempre hemos sido amigos.

Voy a recuperarlo. Justo a tiempo para Navidad.

Últimamente pienso mucho en la Navidad. Desde que llegué a Watford, siempre la paso con los Choi.

Creo que al principio fue una especie de acción humanitaria de su padre, el doctor Choi Minho. Es exactamente el tipo de cosa que haría un hombre como él: abrirles su casa en Navidad a los huérfanos.

Así fue como Jungwoo y yo nos hicimos amigos. Ni siquiera creo que hubiera hablado alguna vez conmigo de no ser porque pasábamos dos semanas juntos todos los años en aquella casa.

No es que Jungwoo sea un estirado...

Bueno... sí que es un poco estirado. Creo que le gusta ser el más guapo y tener la mejor ropa y ser el más afortunado de la escuela.

No lo puedo culpar por ello.

Aunque tampoco es que sea muy sociable. Sobre todo en la escuela. Antes de Watford, estaba volcado de lleno en la danza, y sigue muy metido en el mundo de los caballos; además, creo que tiene más confianza con cualquiera de los amigos Normales con los que pasa los veranos que con nadie de la escuela.

Jungwoo no es como Dongs. A él no le interesan de manera natural las cuestiones políticas de la magia. Y tampoco es como yo: él no tiene la obligación de preocuparse.

No creo que a Jungwoo le interese demasiado la magia, sencillamente. La última vez que hablamos sobre planes de futuro, estaba pensando en estudiar para ser veterinario. El doctor Choi está muy interesado en temas de igualdad entre Normales y magos, y sostiene que a los magos no nos conviene considerarnos superiores a los Normales. («Entiendo la postura de Min, diría la madre de Doyoung, pero somos capaces de hacer todo lo que hacen los Normales y, además, magia. ¿Cómo no va a ser eso mejor?»)

A Jungwoo su padre nunca lo presionó para estudiar una carrera mágica. Creo que hasta podría salir con un Normal, si quisiera. (Aunque a su madre sí que le importaría; en el club no admiten a los Normales.)

De todas maneras, me encanta pasar tiempo con los Choi, siempre que no estén dando una cena elegante o me arrastren con ellos durante la temporada de eventos sociales. En su casa, todo es último modelo y de categoría superior. Tienen una televisión que ocupa una pared entera, con unos altavoces enormes escondidos detrás de unos cuadros de caballos y sus sofás son de cuero.

La madre de Jungwoo nunca está en casa y su padre normalmente está en la clínica. (Es médico, y aunque también trata a Normales, la mayoría de sus pacientes son magos. Es especialista en enfermedades agudas aNormales.) Han contratado a una especie de asistenta, Helen, que cocina para Jungwoo y lo lleva a todas partes. Pero nadie trata a Helen como la asistenta. Viste con ropa de calle en lugar de con uniforme, y está enganchadísima a Doctor Who.

Todos, incluso Helen, son buenas personas. La madre de Jungwoo me regala ropa elegante en Navidad y su padre habla conmigo sobre mi futuro como si no fuera a morir envuelto en una bola de fuego.

Me caen genial, de verdad. Y me gusta la Navidad. Últimamente he estado pensando lo raro que va a ser estar sentado en la mesa, hablando con los padres de Jungwoo, sabiendo que ya no estamos juntos.

Jungwoo y yo nos quedamos en el aula de Palabras Mágicas después de que todo el mundo se haya marchado.

Sigue mordiéndose el labio.

—Jungwoo... —le digo.

—Se trata de la Navidad —me interrumpe.

Se mete el pelo detrás de la oreja. Lleva su cabello completamente liso con raya al medio que enmarca su rostro de manera natural. (Dongs dice que es un hechizo. Jungwoo dice que no. Dongs dice que los hechizos de belleza no son algo de lo que avergonzarse.)

—Mi padre quiere que sepas que, por supuesto, sigues siendo bienvenido en nuestra casa por Navidad —dice Jungwoo.

—¡Ah! —respondo— Está bien.

—Sin embargo, creo que ambos sabemos que podría ser muy incómodo — continúa, parece bastante incómodo solo mencionándolo— Para los dos.

—Está bien —respondo— Sería incómodo, supongo.

—Estropearía la Navidad —añade.

Me lo pienso dos veces antes de contestar: «¿De verdad? ¿Realmente la estropearía, Jungwoo? Es una casa enorme y yo me voy a pasar el día en el salón, con la tele».

—Está bien —digo, en cambio.

—Así que le dije que probablemente la pasarías con los Kim.

Jungwoo sabe que no puedo quedarme en casa de los Kim. La madre de Doyoung me soportaría dos o tres días antes de empezar a tratarme como a un gran danés que no pudiera evitar tirar cosas con la cola.

La casa de los Kim no es pequeña, pero está llena de gente, y de montones y montones de cosas. Libros, documentos, papeles, trastos. Es imposible no acabar en el suelo. Tendría que ser incorpóreo para conseguir no tirar cosas al suelo.

—Bueno —le respondo a Jungwoo— No pasa nada.

Él mira al suelo.

—Estoy seguro de que seguirán mandándote regalos.

—Les mandaré una postal.

—Eso les gustaría —dice— Gracias —se echa la cartera al hombro y se aleja un paso de mí; luego se detiene y se echa el pelo a un lado de la cara. (Es un gesto inútil; el pelo nunca le tapa la cara)— Taeyong, fue alucinante cómo venciste a ese dragón. Le salvaste la vida.

Me encojo de hombros.

—Sí, bueno, aunque en realidad lo hizo JaeHyun, ¿no? Yo le hubiera cortado el cuello si hubiera sabido cómo hacerlo.

—Mi padre dice que lo envió el Humdrum.

Vuelvo a encogerme de hombros.

—Feliz Navidad, Taeyong —dice Jungwoo. Luego me deja atrás, rumbo a la puerta.

50

TAEYONG

—En serio, deberías dejar que me quedara en su habitación —dice Doyoung— Facilitaría las cosas.

No —respondemos JaeHyun y yo a la vez.

—¿Dónde vas a dormir —le pregunto—en la bañera?

Las pizarra aún ocupa el área despejada que empieza donde terminan nuestras camas y ahora hay pilas de libros alrededor. Los libros más preciados de la biblioteca de Watford han llegado hasta nuestra habitación, gracias a JaeHyun y Doyoung, y estoy seguro de que ninguno de los dos los ha cogido en préstamo por la vía habitual.

Hemos estado trabajando aquí todas las noches, aunque lo único que lo demuestra es el caos que nos rodea.

—No me importaría dormir en la bañera —dice Dongs— Podría lanzar un hechizo para hacer que fuera mullidita.

—No —dice JaeHyun— Ya tengo bastante con compartir baño con Lee.

—Dongs, tú tienes una buena habitación —le digo, ignorando el comentario de JaeHyun.

—Taeyong, una buena habitación no incluye a Haechan en ella.

—¿Es tu compañero de habitación? —pregunta JaeHyun—¿El elfo?

—Sí —responde Doyoung.

Frunce los labios hacia arriba y hacia abajo a la vez.

—Imagínate que fueras un elfo—dice— Ya sé que es de mal gusto, pero imagínatelo: eres un elfo y tienes un hijo y lo llamas Haechan. Haechan, el elfo.

—A mí me parece bonito —digo.

—A ti el que te parece bonito es Haechan —replica Dongs.

—Haechan es bonito —me encojo de hombros.

—Lee —dice JaeHyun— Acabo de comer.

Levanto la vista. Probablemente JaeHyun considere que los elfos pertenecen a una especie inferior. Medio idiotas, parecidos a los gnomos y los trols de Internet.

—Es como si un hada que se llamara Mara —continúa.

—O un vampiro que se llamara Maripiro —respondo.

—Maripiro ni siquiera es un nombre propio, Lee. Se te da fatal este juego.

—En defensa de Haechan —dice Doyoung, y se nota que le está costando decirlo—es probable que los elfos no vayan por ahí llamándose a sí mismos «elfos». Vamos, que puedes ser un humano y llamarte Urbano, o un chico y llamarte Taeil y nadie le daría más vueltas.

—Seguro que tienes la habitación llena de polvo de elfo —dice JaeHyun, estremeciéndose.

No empieces —digo, dirigiéndome a JaeHyun— Buenas noches, Dongs.

—Vale —dice, se incorpora y coge el libro que estaba leyendo. Es una copia encuadernada de La Crónica; todos la hemos leído sin cesar, en busca de pistas. Nos estamos volviendo expertos en eventos contemporáneos de hace una década.

Todo es tan extraño...

No solo trabajar con JaeHyun, sino tenerlo cerca constantemente cuando estoy con Dongs.

Aunque sigue sin dirigirnos la palabra fuera de la habitación.

JaeHyun dice que confundiría a sus esbirros verle acompañado del enemigo. De verdad que los llamó así: «esbirros». Tal vez estuviera de broma...

No siempre sé cuándo JaeHyun se está burlando de mí. Su boca tiene un gesto cruel. Da la sensación de que usa ese tono de desprecio incluso cuando está contento por algo. En realidad, no sé si alguna vez se siente feliz. Es como si solo tuviera dos emociones: estar enfadado y sádicamente divertido.

(Y confabulando, aunque... ¿confabular es una emoción? Si lo es, entonces son tres.)

(Y repugnado. Cuatro.)

En definitiva, Doyoung y yo seguimos sin confiar del todo en JaeHyun. Por ejemplo, nunca hablamos del Hechicero: si lo hacemos, la conversación se convierte inmediatamente en pelea. Además, Dongs no quiere que JaeHyun sepa que puede que su familia tenga problemas con el Hechicero. (A pesar de que, posiblemente, JaeHyun lo comprendería.)

Dongs no deja de recordarme que JaeHyun sigue siendo el enemigo. Que cuando la tregua termine, podría utilizar todo lo que haya averiguado en mi contra.

Aunque no estoy seguro de que sea yo precisamente quien necesite recordatorios. La mitad del tiempo que pasamos juntos, yo me limito a sentarme en mi cama a leer mientras Doyoung y JaeHyun comparan sus diez hechizos favoritos del siglo XIX o discuten sobre el mérito mágico de Hamlet frente al de Macbeth.

El otro día, lo acompañó a los Claustros en su camino a las catacumbas. Cuando volvió, me contó que seguía sin tener ni idea de cómo consigue Dongs entrar en la Casa de los Enmascarados. Al día siguiente, él me dijo que JaeHyun se negó a admitir que iba a las catacumbas a chuparles la sangre a roedores.

—¿Vienes conmigo? ¿Te queda de camino? —le pregunta ahora Doyoung desde la puerta.

—No, por esta noche tengo suficiente —responde JaeHyun. Es todo tan jodidamente raro...

—Os veo a la hora de comer —dice Dongs cerrando la puerta tras de sí.

Si JaeHyun no va a salir a cazar esta noche, quizá deba darme un baño e irme a dormir.

Solemos pelear con más saña cuando estamos los dos solos.

Estoy poniéndome el pijama cuando dice en voz alta:

—Entonces, ¿qué plan tienes para la próxima semana? ¿Para las vacaciones?

Noto cómo se me tensa la mandíbula.

—Probablemente vaya a casa de Dongs unos días y el resto de las vacaciones las pasaré aquí.

—¿No vas a celebrar las fiestas alrededor de la chimenea de la familia Choi?

Cierro el armario de un portazo. Aún no hemos hablado de esto. JaeHyun y yo. Sobre Jungwoo.

No tengo ni idea de si han estado hablando entre ellos. O si quedan. Jungwoo ya ni siquiera viene a cenar al comedor. Creo que lo hace en su habitación.

—No —digo mientras paso al lado de su cama.

—Lee —dice.

—¿Qué?

—Deberías venir a Hampshire.

Me detengo y le miro.

—¿Qué? ¿Por qué?

JaeHyun se aclara la garganta y cruza los brazos, eleva la barbilla para acentuar lo mucho que me menosprecia.

—Porque juraste ayudarme a encontrar al asesino de mi madre.

—Te estoy ayudando.

—Bueno, serías más útil allí que aquí. La biblioteca de mi casa es demasiado grande para poder abarcarla yo solo. Y allí tengo un coche: podríamos investigar de verdad. Aquí ni siquiera tienes Internet.

—Me estás sugiriendo que vaya a tu casa.

—Sí.

—A pasar la Navidad.

—Sí.

—Con tu familia.

JaeHyun pone los ojos en blanco.

—Bueno, no es que tengas familia propia, precisamente.

—Estás loco —vuelvo a dirigirme hacia el baño.

—¿Qué quieres decir con loco? —pregunta— Tu ayuda podría serme útil, y aquí no tienes nada; deberías pensar que quizá te venga bien la compañía.

Me detengo en la puerta y me doy media vuelta otra vez.

—Tu familia me odia.

—Sí, ¿y? Yo también.

—Quieren matarme —respondo.

—No van a matarte, serás un invitado. Lanzaré un hechizo, incluso, si quieres. Siéntete en tu casa.

—No puedo quedarme en tu casa. ¿Estás de broma?

—Lee, hemos vivido en la misma habitación durante siete años. ¿Cómo puede ser que esto te suponga un problema?

—¡Estás loco! —le digo y cierro la puerta. Ha perdido la cabeza por completo.

🔮

—¿Tu madre no confía en mí? —digo.

Recorremos toda la longitud del pasillo y Doyoung me hace callar de inmediato con un gesto de la mano.

que confía en ti —responde— Confía totalmente en ti. Sabe que eres honesto y franco, y que si escuchas algo que no deberías, irías directamente a hablar con el Hechicero.

—¡No lo haría!

—Podrías hacerlo, Taeyong.

—¡Dongs!

Shhhh.

Dongs —intento de nuevo, de manera más discreta—nunca haría nada que causara problemas a tu madre con el Hechicero. Y no creo que ella haya hecho nada que pueda causarle problemas con el Hechicero.

—Ha vuelto a echar de nuestra casa a sus Hombres —dice Dongs— Lucas dice que la próxima vez, el Hechicero irá en persona a mi casa.

—Entonces, debería estar allí —argumento— Él nunca le haría daño si yo estoy delante.

Dongs se detiene.

—Taeyong, ¿de verdad crees que el Hechicero podría hacer daño a mi madre?

Yo también me detengo.

—No. Por supuesto que no lo haría.

Se inclina.

—Mi madre va a presentar una apelación ante el Aquelarre; considera que eso se resolverá solo. Pero sabes que necesito investigar sobre la Tragedia de Watford mientras esté en casa y bajo ningún concepto mi madre te permitirá entrar en nuestra biblioteca con todo lo que está pasando. Te llama mini—Hechicero.

—¿Por qué no le caigo bien?

—Sí le caes bien —dice Dongs, poniendo los ojos en blanco— El que no le cae bien es él.

—No le caigo bien a tu madre, Dongs.

—Es que piensa que atraes problemas. Y es verdad que lo haces, Taeyong.

Posiblemente de manera literal.

—Bueno, pero no puedo evitarlo.

Doyoung reanuda el paso.

—A mí no tienes que convencerme.

No es que me importe quedarme solo en Watford, bueno, no me importa demasiado. Pero es que, en Navidad, no queda nadie en la escuela. Voy a tener que forzar la puerta de la cocina para poder comer. Supongo que podría pedirle la llave a la cocinera Pritchard...

Llegamos al aula de mi siguiente asignatura y golpeo intencionadamente la pared al lado de la puerta con el hombro. (Las personas que dicen que golpear o romper cosas no te hace sentir mejor, es que no lo han probado.)

—¿Así es como la llamamos ahora? —pregunto— ¿«La Tragedia de Watford»?

Dongs tarda un segundo en retomar nuestra conversación.

—Así es como la llamaron en aquel tiempo —dice— ¿Qué más da cómo la llamemos?

—Da igual, es solo que... Estamos haciendo esto porque alguien murió. La madre de JaeHyun. «La Tragedia de Watford» suena como si le hubiera ocurrido a personas desconocidas que no nos incumben.

—Dile al Hechicero que te vas a quedar a pasar aquí la Navidad —dice— Querrá estar contigo.

Su comentario me hace reír.

—¿Qué? —dice Dongs.

—¿Te lo imaginas? —respondo— ¿Pasar la Navidad con el Hechicero?

—Cantando villancicos —se ríe.

—Desenvolviendo paquetes.

—Viendo el discurso de la Reina.

—¿Te imaginas los regalos que me haría? —le digo, riendo— Sería capaz de envolverme una maldición solo para ver si puedo romperla.

—Podría vendarte los ojos, llevarte al Infierno del Bosque y decirte que vuelvas a casa con la cena.

—¡Ja! —sonrío— Igual que en tercero.

Dongs me toca el brazo y yo me deslizo por la pared.

—Habla con él —dice— Es un loco furioso, pero se preocupa por ti.

🔮

JaeHyun es uno de los últimos alumnos en irse de vacaciones. Se toma su tiempo para hacer las maletas en su baúl de cuero. Ha metido casi todos nuestros apuntes ahí dentro... Aún no ha decidido si va a contarles a sus padres todo esto, pero investigará todo lo que pueda. Alguien debe saber algo sobre Taeil.

Estoy tirado en la cama, tratando de convencerme de que va a estar bien tener la habitación entera para mí, e intentando no mirarlo. Me aclaro la garganta.

—JaeHyun cuidado, ¿vale? Vamos, que no sabemos quién es ese tal Taeil, ni si es peligroso, y no queremos que se entere de que le estamos buscando.

—Solo se lo contaré a personas en las que confíe —dice JaeHyun.

—Claro, pero solo a ellas, ¿verdad? No sabemos en quién podemos confiar.

—¿Confías en Doyoung?

—Sí.

—¿Confías en su madre?

—Confío en que no es malvada.

—Bueno, yo confío en mi familia. Me da igual que tú no lo hagas.

—Solo te pido que tengas cuidado —le digo.

—Deja de demostrar que te preocupa mi bienestar, Lee. Me molesta —cierra la tapa de su baúl y ajusta las hebillas. Luego me dedica una mirada ceñuda y decide algo. Conozco a esa mirada. Llevo la mano a la empuñadura de mi espada.

—Lee... —dice.

—¿Qué?

—Siento que debo decirte algo. En favor de nuestra tregua.

Me lo quedo mirando, a la espera.

—Ese día que nos viste a Jungwoo y a mí en el bosque...

Cierro los ojos.

—¿Por qué se supone que esto es beneficioso para nuestra tregua?

Continúa:

—Ese día que me viste con Jungwoo en el bosque: no pasó lo que tú piensas.

Abro los ojos.

—¿No estabas tratando de robarme a mi novio?

—No.

—Vete a la mierda —le digo— Has intentado meterte entre Jungwoo y yo desde el día en que me eligió a mí.

—Él no te eligió a ti.

—Eso no te lo crees ni tú, JaeHyun.

Parece incómodo; esto es nuevo.

—No —continúa— Lo que quiero decir es que Jungwoo nunca me consideró una opción.

Hundo la cabeza en la almohada.

—Eso pensaba yo, aunque, aparentemente, me equivoqué. Mira, ahora tienes vía libre con él. Me ha dejado.

—Me interrumpió —dice— Ese día en el bosque.

Lo ignoro.

—Interrumpió mi cena. Me vio. Le estaba pidiendo que no se lo dijera a nadie.

—¿Y para eso tenías que darle la mano?

—Tenía que hacer el numerito para joderte. Sabía que nos estabas viendo.

—Bueno, pues funcionó —respondo.

—No me estás escuchando —ahora parece bastante incómodo— En ningún momento quise interponerme entre Jungwoo y tú. Simplemente, siempre he tratado de joderte.

—¿Estás diciendo que solo ligaste con Jungwoo para hacerme daño?

.

—¿Nunca te ha gustado?

No.

Aprieto los dientes.

—¿Y crees que quería saberlo?

—Por supuesto. Ahora puedes arreglar las cosas con él y pasar las mejores Navidades de tu vida.

—¡Eres un imbécil! —le digo y me pongo de pie de un salto y me abalanzo sobre él.

—¡Anatema! —grita, y lo escucho, aunque casi hundo el puño en su mandíbula. Me detengo un segundo.

—¿Él lo sabe?

Se encoje de hombros.

—¡Eres tan imbécil! —vuelvo a decirle.

—Solo estaba ligando con él—dice JaeHyun— No intenté que se lo comiera una quimera.

—Ajá, pero le gustas —replico— Creo que le gustas más tú que yo.

Agacha la cabeza y vuelve a encogerse de hombros.

—¿Y por qué iba a ser así?

—Vete a la mierda, JaeHyun. En serio —estoy tan cerca de él que, prácticamente, le escupo en la cara— Jungwoo llevó a todas partes tu maldito pañuelo, durante todo el tiempo que estuviste fuera. Desde el año pasado.

—¿Qué pañuelo?

Voy al cajón donde está guardado el pañuelo, con mi varita mágica y algunas otras cosas, y se lo sacudo en la cara.

—Este.

JaeHyun coge el trozo de tela de mi mano y se la quito, porque no quiero que lo tenga.

Ahora mismo, no quiero que tenga nada.

—Mira —dice—Voy a dejar de ligar con él. De ahora en adelante, voy a pasar de Jungwoo. Él no es importante para mí.

—¡Eso es peor todavía!

—¡Entonces no voy a dejar de hacerlo! —dice, como si fuera él quien debiera estar enfadado— ¿Te parece mejor? Joder, me casaré con él y tendremos los hijos más guapos de toda la historia de la magia, y los vamos a llamar Taeyong con el único fin de joderte.

—¡Vete ya! —le grito— En serio. Si tengo que seguir viéndote un minuto más, hasta me va a dejar de importar el Anatema. Si me expulsan de Watford, al menos ya no tendré que volver a verte.

51

JAEHYUN

He intentado hacerle un favor a Lee.

Un favor que ni siquiera atiende a mis intereses, para nada.

Joder, debería casarme con Choi Jungwoo. A mi padre le iba a encantar.

Casarme con él. Abrirle las puertas de cualquier cosa que quiera. Luego, encontrar mil hombres que sean exactamente iguales al puto Lee Taeyong y romperles el corazón a todos y cada uno de ellos de diferentes maneras.

Jungwoo no es muy poderoso, pero es guapo. Y tiene una posición social magnífica; mi madrastra y él podrían salir a montar juntas a caballo.

Y mi padre dejaría de quejarse de que el apellido de los Bae vaya a morir conmigo. (Aunque el linaje de los Bae ya está muerto conmigo; estoy casi seguro de que los vampiros no pueden tener hijos.) (¡Por Crowley!, ¿se imaginan un bebé vampiro? Qué pesadilla.) (Además, ¿por qué no transmite su maldito apellido mi tía Jessica? Si yo heredé el de mi madre, Jessica seguramente podría proporcionar unos cuantos Bae al mundo.)

Creo que si me casara con una chica de una buena familia, a mi padre ni siquiera le importaría que sea maricón. Ni quién sería el verdadero padre de sus nietos. Si la idea de legar el apellido de mi madre de ese modo no me revolviera el estómago, lo consideraría.

Probablemente Lee encontraría una forma totalmente nueva de odiarme si supiera que pienso sobre el amor, el sexo y el matrimonio con tanta frialdad. Sobre su perfecto Jungwoo.

¿Pero qué más da, si mis intenciones nunca son buenas? Mi camino al infierno no se pavimenta sobre buenas intenciones, ni tampoco sobre malas. Sencillamente, es el que es.

Hazlo, Lee. Perdona a tu novio. No me interpongo en tu camino. Vayan juntos a las malditas colinas a ver la puesta de sol pegaditos: ya estoy harto de ser un estorbo. Estoy harto. Tregua.

No esperaba limar asperezas con toda esta... cooperación. No esperaba convencer ni convertir a Lee. Aunque creía que estábamos haciendo avances. Suponía que, cuando todo esto se terminara, tal vez seguiríamos en lados opuestos de la trinchera, pero al menos no estaríamos escupiéndonos mutuamente. No estaríamos buscando pelea.

Sé que Taeyong y yo siempre seremos enemigos...

Pero pensé que llegaríamos a un punto en donde no quisiéramos serlo.

52

TAEYONG

Cuando Dongs (y JaeHyun) se marchan, paso mucho tiempo paseando por los patios de la escuela. Decido buscar la guardería...

JaeHyun cree que la Torre de los Lamentos la engulló tras la muerte de su madre. Dongs dice que a veces pasa eso, cuando un mago está atado a un edificio, sobre todo si han conjurado magia de sangre en el lugar. Cuando la sangre del Hechicero se derrama, también afecta al edificio. Alrededor del lugar, se forma una especie de quiste.

Pienso en lo que podría pasar si muriera en la Casa de los Enmascarados, con la cantidad de veces que he derramado sangre para que nuestra habitación me reconozca.

Es uno de los motivos por los que a Dongs no le gustan los hechizos y juramentos de sangre: «Si eres tan bueno como tu palabra, las palabras deberían bastar».

Ya lo estoy citando otra vez. Llevo el día entero hablando mentalmente con él. A veces JaeHyun también se une a la conversación, normalmente para decirme que soy un gilipollas... aunque nunca usa esa palabra, ni siquiera en mi mente. Es demasiado vulgar para él.

Merodeo inquieto alrededor de la Torre de los Lamentos así, hablando solo y fisgoneando por los rincones, cuando algo al otro lado de la ventana me llama la atención. Veo una hilera de cabras que avanza entre la nieve sobre el puente levadizo. Una silueta que debe ser la de Seulgi se arrastra detrás de ellas.

Seulgi. Seulgi...

Seulgi lleva en Watford desde que tenía once años. Seguramente estuviera aquí cuando la directora Bae murió. Seulgi nunca se fue de la escuela.

Cuando llego al granero, las cabras ya están dentro. Doy un golpe en la puerta, no quiero darle un susto; Seulgi siempre ha vivido aquí, con las cabras.

Sé que suena raro, pero la verdad es que me cuesta imaginar a Seulgi viviendo rodeada de otras personas, de otros miembros del personal de la escuela. En el granero, puede hacer lo que le venga en gana: a las cabras les da igual.

—¡Hola, Seulgi! —digo, y golpeo la puerta con más fuerza— Soy yo, Taeyong.

La puerta se abre y una de las cabras asoma el hocico por ella antes de que la propia Seulgi aparezca.

—Taeyong —dice mientras abre la puerta de par en par y me hace un gesto para indicarme que entre— ¿Qué haces aquí? Creía que todo el mundo se había ido a casa.

—Solo quería desearte Feliz Navidad —digo y la sigo al interior del granero. Dentro hace más calor, pero no mucho más. Con razón Seulgi viste como lo hace: un jersey de Watford hecho jirones encima de otro jersey, con una larga bufanda a rayas de la escuela y un sombrero de punto bastante mal tejido.

—¡Serpientes siseantes, Seulgi! Aquí hace más frío que en la hoguera de una bruja.

—No se está tan mal —responde— Entra, voy a echar más leña al fuego.

Caminamos entre las cabras hasta la parte trasera del granero, que Seulgi usa como sala de estar. Tiene una mesita, un tapete y una televisión, hasta donde yo sé, la única que hay en Watford. Todo el mobiliario está dispuesto alrededor de una estufa que no está conectada a ninguna pared ni chimenea.

Eso es siempre lo mejor de visitar a Seulgi: le importa un bledo desperdiciar magia. La mitad de las cosas que salen de su boca son hechizos, pero nunca la he visto quedarse corta de magia o exhausta.

La estufa funciona con magia, estoy seguro. Y es probable que también use magia para ver en la tele los partidos de fútbol.

«¿Por qué no pone una ducha mágica?», me preguntó Jungwoo la última vez que vino conmigo a visitar a Seulgi, hace años. No sé dónde se baña Seulgi. Quizá lanza un Limpio como una patena todas las mañanas.

(Cuando tenía trece años, a mí se me ocurrió hacer justo eso, pero Dongs me echó la bronca porque las patenas, en realidad, no están tan limpias, y el hechizo Limpio como una patena solo elimina la suciedad visible.)

Seulgi coloca algunas ramas en la estufa y da unos golpecitos al fuego.

—Bueno, pues feliz Navidad a ti también —dice— Me has pillado por los pelos. Mañana me voy a casa.

—¿A ver a tu familia? —le pregunto.

Seulgi es de East End, un barrio al este de Londres. Asiente.

—¿Necesitas que alguien cuide de las cabras?

—No, las voy a dejar sueltas por los terrenos de la escuela. ¿Tú qué vas a hacer? ¿Vas a pasar las fiestas en casa de Jungwoo?

—No —respondo— He pensado en quedarme aquí. Es mi último año y, bueno, estoy tratando de aprovechar Watford al máximo.

—Siempre puedes volver, Taeyong; yo lo hice. ¿Quieres un café? Me temo que es lo único que tengo aquí. No, espera, tengo unas galletas Rich Tea. Vamos a comérnoslas antes de que se revengan.

Le doy la vuelta a un cubo y me siento sobre él al lado del fuego. Seulgi revuelve en la alacena que ha colgado de la parte trasera del granero. También ha colgado unos cuantos estantes, que están abarrotados de figuritas de animales de cerámica llenas de polvo.

Cuando estaba en segundo, le regalé una delicada figura de una cabrita por Navidad; la encontré en verano en un mercadillo de barrio. Se alegró tanto que, desde hace algunos años, siempre le regalo algún detallito por Navidad. Cabras, ovejas, burritos...

Me avergüenzo al darme cuenta de que vengo con las manos vacías cuando Seulgi me trae una descascarillada taza de café y una pila de galletas.

—No sé qué podría hacer yo aquí si me quedara —respondo— No creo que Watford necesite dos cabreros.

Una de las cabritas más jóvenes pasa a mi lado y me acaricia la rodilla con el hocico. Coloco una galleta en la palma de mi mano y la cabrilla se la come.

Seulgi sonríe y se recuesta en su sillón.

—Te encontraríamos algo que hacer. Cuando la profesora Bae me trajo aquí, no había una vacante, precisamente.

—La madre de JaeHyun —comento mientras rasco a la cabrita entre las orejas. Quizá me cueste menos de lo que pensaba que Seulgi me hable de esto.

—Sí, la misma —dice— Ella sí que era una maga poderosa.

—¿La conocías bien?

Seulgi da un mordisco a la galleta.

—Bueno, daba clase de Palabras Mágicas cuando yo estaba en la escuela —dice, soplando su sucia bufanda para sacudirse las migas— Y era la directora. Así que supongo que así es como la conocí. Evidentemente, no nos relacionábamos en los mismos círculos, ya sabes, pero cuando mi hermano Taeil murió, mi familia dejó de relacionarse con nadie.

El hermano de Seulgi murió cuando ella estaba en la escuela. Habla mucho de él, aunque siempre se pone triste y taciturna. Ese es uno de los motivos por los que a Dongs nunca le ha terminado de caer bien Seulgi. «Es tan melancólica. Incluso sus cabras parecen tristes», dice siempre.

A mí me parece que las cabras están perfectamente. Unas cuantas olisquean alrededor de la silla de Seulgi y esta pequeña pedigüeña se me ha acomodado en los pies.

—A mí me daba miedo marcharme de Watford —continúa Seulgi—y la profesora Bae me dijo que no hacía falta que lo hiciera si no quería. Si miro atrás, creo que quizá le preocupaba que me metiera en problemas. Siempre tuve más poder que buen juicio. Yo era una bomba de relojería: ambos lo éramos, Taeil y yo. La profesora Bae le hizo un favor a la magia cuando me contrató y me dijo que ya no tenía que preocuparme por el futuro. Me dijo que el poder no tiene por qué ser una carga. Si es un yugo demasiado pesado, guárdalo en otra parte. En un cajón. Debajo de la cama.

«Suéltalo, Ebeneza (me decía) Naciste con él, pero no necesariamente es tu destino.» Que es algo que nunca me dijo mi padre, por ejemplo... Me pregunto si la profesora Bae hubiera sido tan indulgente si hubiera sido su propia hija.

Me río e intento no escupir la galleta reblandecida.

—¿Qué pasa? —dice— Se supone que es una historia inspiradora.

—¿Te llamas Ebeneza?

—¡Es un nombre tan bueno como cualquier otro! Muy tradicional —ella también se ríe, y se mete una galleta entera en la boca, que traga con el café.

—Parece que era buena persona —comento— La madre de JaeHyun.

—Sí, claro. Bueno, era fiera como una leona. Y más oscura de lo que a mucha gente le gusta pensar, pero todos los Bae lo son. Defendió las reformas con uñas y dientes. Pero adoraba Watford. Adoraba la magia.

—Seulgi..., ¿cómo murió tu hermano? —nunca antes se lo he preguntado. No quería que Seulgi se pusiera más triste de lo que ya está normalmente.

Inmediatamente, se inclina hacia delante en su sillón y aparta la mirada de mí.

—Bueno, no es algo de lo que se suela hablar. Se supone que yo no debo mencionarlo bajo ningún concepto (como no pudieron enterrar su cuerpo, enterraron su nombre, incluso lo tacharon del Libro), pero era mi hermano gemelo. No me parece bien fingir que nunca lo fue.

—No sabía que era tu gemelo.

—Sí. Compañeros de perrerías.

—Debes de echarle de menos.

, le echo muchísimo de menos —resopla— No he hablado con él desde que cambió de bando; da igual lo que diga la gente.

—Claro que no —respondo— Está muerto.

lo que dice la gente.

—Sinceramente, Seulgi, nunca he escuchado a nadie hablar sobre tu hermano, solo a ti.

Se me queda mirando un segundo, con la espalda rígida; luego da la sensación de volver en sí y se gira hacia el fuego, encorvándose de nuevo.

—Lo siento, Taeyong. Es solo que... creía que la gente pensaba que me uniría a él. Que no sería capaz de vivir sin él. Taeil quería que lo hiciera.

—¿Quería que te suicidaras?

—Quería que nos uniéramos a... —mira alrededor de manera ansiosa y su voz se vuelve un murmullo: —A los vampiros. Taeil me dijo que me estaría esperando, que siempre me esperaría.

La galleta que tengo en la mano se rompe.

—¿Unirte a los vampiros?

—¿De verdad nadie habla sobre él? ¿Sobre mí?

—No, Seulgi.

¿A los vampiros? ¿El hermano de Seulgi se unió a los vampiros?

Parece perdida.

—Nunca hablan de él, ni siquiera después de lo que hizo... Supongo que es lo que pasa cuando te tachan del Libro. Yo estuve allí. La profesora Bae me dejó conservar las letras de su nombre.

Aunque sé que solo es Seulgi, estoy bastante asustado y me sobresalto. La cabra que descansaba en mis pies da un brinco y se aleja a toda prisa. Seulgi ni se da cuenta. Nunca la he visto tan triste como ahora. Las lágrimas se derraman sin cesar por sus sucias mejillas.

Mueve la rama haciendo círculos sobre el fuego y las palabras se dispersan entre las llamas, pero no se queman: «Moon Taeil».

Estoy estupefacto, a punto estoy de estirar el brazo para intentar cogerlas.

¡Taeil! ¡Taeil, el que se unió a los vampiros!

—Taeil —murmura Seulgi— El único mago en toda la historia que eligió la muerte para unirse a los vampiros —se enjuga los ojos con la manga— Lo siento, Taeyong. No debería hablar sobre él; pero no puedo dejar de pensar en él en esta época del año. Las fiestas. Allí fuera, él solo.

—¿Sigue vivo?

Esta pregunta estaba fuera de lugar, o quizá es que estoy siendo demasiado impetuoso: Seulgi se limpia una nueva cascada de lágrimas.

—Aún anda por ahí —dice— Creo que, si hubiera muerto, lo habría notado. Antes, cuando se metía en problemas, siempre era capaz de percibirlo.

—¿Dónde está? —pregunto. Me da la sensación de que parezco demasiado insistente, demasiado desesperado por saberlo.

Seulgi se coloca de espaldas al fuego.

—Ya te lo he dicho, no he hablado con él desde el día en que se fue. Lo juro.

—Te creo —le digo— Lo siento. Debes... Debes de echarle de menos.

—Como echaría de menos mi propio corazón —dice Seulgi.

Introduce el bastón en la hoguera y va recogiendo las letras una a una.

—¿Él estaba con ellos? —pregunto— ¿Con los vampiros que mataron a la madre de JaeHyun?

Seulgi alza la barbilla de repente.

—No —responde en tono defensivo— Yo misma se lo pregunté a la profesora Irene; antes de que muriera. Me juró que Taeil no estuvo allí ese día. Él nunca haría algo así. Taeil no quería matar a nadie. Solo quería vivir eternamente.

—¿Tú estabas en la escuela? —pregunto— ¿Cuando ocurrió?

Su rostro se torna más triste de lo que nunca hubiera creído posible.

—Estaba fuera, con las cabras. No pude ayudarla.

—¿Qué pasó con la guardería? —insisto, temeroso de que, dentro de un minuto, Seulgi esté llorando tanto que no pueda contestar más preguntas— ¿Adónde se fue?

—Se oculta a sí misma —dice, dejando escapar un fuerte resoplido— Estaba custodiada para proteger a los niños y fracasó en su misión. Así que los guardias la ocultaron. Restringieron las paredes y el suelo. Una vez, la encontré en el sótano. Otra, en medio de la Torre de los Lamentos. Y después, desapareció.

Quizá debería hacerle más preguntas a Seulgi. Dongs no se detendría justo ahora.

JaeHyun sacaría su varita mágica y exigiría saberlo todo.

Yo, en cambio, me limito a sentarme con Seulgi a mirar el fuego. De vez en cuando, la veo limpiarse los ojos con una punta de la bufanda. Como si estuviera devolviéndole la suciedad a su rostro.

—Lo siento —le digo— No quería sacar a relucir un tema tan doloroso. Hay tantas cosas que desconozco sobre Watford...

—¿Qué sabemos cualquiera de nosotros sobre Watford? —suspira Seulgi— Ni siquiera las ninfas del bosque recuerdan la época anterior a la Capilla Blanca.

—Lo siento —repito.

Seulgi se echa hacia delante y me rodea los hombros con el brazo. Es un gesto que hace a veces. Cuando era niño, me encantaba. Me sentaba muy cerca de ella para que pudiera rodearme más fácilmente.

—¡Bah! —dice— No has sacado tú el tema. No se me quita de la cabeza. De alguna manera, me sienta bien hablar sobre ello. Sacármelo un poco del corazón, aunque solo sea un minuto.

Me levanto y Seulgi me acompaña a la puerta. Luego, me da unos golpecitos en la espalda.

—Feliz Navidad, Taeyong —dice, limpiándose otra vez las mejillas— Si te sientes solo —añade—siempre me puedes llamar. Mándame un destello, ¿de acuerdo? Lo sentiré.

Que me parta un rayo. Seulgi debe de ser tan poderosa como el Hechicero: ¿De verdad puede enviar un destello?

—Estaré bien —respondo— Gracias, Seulgi. Feliz Navidad.

Me abre la puerta e intento fingir que no tengo prisa por despedirme, pero en cuanto la cierra, empiezo a correr hacia la Casa de los Enmascarados. Atravieso la nieve pisándola con fuerza durante todo el camino hasta nuestra torre, y luego saco el dinero en efectivo que guardo en la parte inferior de mi armario. No es mucho, pero creo que me da para llegar hasta Hampshire.

Intento hacer autostop hasta la estación de tren, pero nadie me recoge. No pasa nada. Sigo corriendo. Llego a la estación y me compro el billete y un bocadillo.

Estoy montado en el tren, a una hora de Watford y una hora de Winchester, cuando me doy cuenta de que quizá simplemente debería haberle pedido el teléfono a alguien y hacer una llamada.

53

JAEHYUN

Me gusta tocar el violín en la biblioteca. Mis hermanos y hermanas aún no tienen permiso para entrar aquí y en la pared que da a los jardines hay un ventanal con vidrieras.

Me gusta tocar el violín, punto. Se me da bien. Y me sirve para mantener distraídas todas las partes de mi mente que me estorban. Cuando toco, pienso más claramente.

Mi abuelo también tocaba. Era capaz de lanzar hechizos con el arco de su violín.

Me dejé el violín en casa cuando me marché a la escuela (no estaba en mis cabales) y ahora estoy un poco oxidado por la falta de práctica. Estoy ensayando una melodía de Kishi Bashi que mi madrastra, Krystal, califica como «innecesariamente lúgubre».

—Yoon Oh... Señor Bae.

Me aparto el instrumento de la barbilla y me doy media vuelta. Vera está de pie en la puerta.

—Lamento interrumpirlo, pero ha venido a verlo un amigo suyo.

—No estaba esperando a nadie.

—Es un amigo de la escuela —dice— Va vestido con el uniforme.

Coloco el violín en su sitio y me aliso la camisa.

Supongo que será Sungchan. A veces se pasa por aquí. Aunque, normalmente, me suele mandar un mensaje antes... No, normalmente no: siempre. Y nunca vendría con el uniforme. Nadie lo haría; estamos de vacaciones.

Acelero el paso, atravieso el salón y el comedor prácticamente al trote, varita mágica en mano. Krystal está en la mesa con el portátil. Me mira con curiosidad. Reduzco la velocidad.

Cuando llego al vestíbulo, Lee Taeyong está ahí de pie como un perro perdido. O como si tuviera amnesia.

Lleva puesto el abrigo de Watford y unas enormes botas de cuero; además, está cubierto de nieve y barro. Vera ha debido de decirle que se quede en la alfombra, porque está exactamente en el centro.

Lleva el pelo hecho un desastre y tiene la cara roja. Da la sensación de que estuviera a punto de explotar justo ahí, sin necesidad de que algo lo encienda.

Me detengo en el arco de la entrada del vestíbulo, me guardo la varita en la manga y meto las manos en los bolsillos.

—Lee.

Levanta la cabeza de golpe.

JaeHyun.

—Estoy intentando imaginar cómo has llegado a mi puerta... ¿Rodando cuesta abajo por una colina muy escarpada y aterrizando aquí?

JaeHyun... —vuelve a decir. Espero a que suelte lo que sea que quiere decir—Llevas... Llevas jeans.

Inclino la cabeza.

—Sí. Y tú llevas encima medio campo.

—He tenido que venir andando desde la carretera.

—¿En serio?

—Al taxista le daba miedo venir a tu calle. Piensa que tu casa está encantada.

—Y es que lo está.

Traga saliva. Lee tiene el cuello más largo y la forma de tragar saliva más aparatosa que conozco. Saca la barbilla y le sobresale la nuez, es todo un espectáculo.

—Bueno —continúo, enarcando las cejas de manera enfática— Gracias por pasar por aquí...

Lee deja escapar un gruñido amortiguado y da un paso, saliéndose de la alfombra, y luego regresa.

—He venido a hablar contigo.

Asiento.

—Vale.

—Es...

—Vale —repito, esta vez con un tono más amable. En realidad, no quiero enfadarle tanto que se termine yendo. (Nunca me gusta que Lee se vaya)— Pero no puedes entrar así en la casa. ¿Qué has hecho para terminar así?

—Ya te lo he dicho. He venido andando desde la carretera principal.

—Podías haber hecho un hechizo para no ensuciarte.

Me frunce el ceño. Lee nunca se lanza hechizos a sí mismo (ni a ninguna otra persona) si puede evitarlo. Me saco la varita mágica de la manga y la apunto hacia él. Se encoge, pero no me pide que no lo haga. Lanzo un ¡Limpio como una patena! a sus botas. El barro sale disparado en un remolino, abro la puerta principal y barro el desastre hacia el exterior con la varita.

Cuando cierro la puerta, Lee se está quitando su abrigo empapado. Lleva puestos los pantalones de la escuela y un jersey rojo; todavía tiene las piernas y el pelo mojados. Levanto la varita otra vez.

—Estoy bien —dice, deteniéndome.

—Vas a tener que quitarte las botas —le digo— Siguen hechas una sopa.

Se agacha para desatárselas, y la lana húmeda de los pantalones se estira de manera ridícula sobre sus muslos...

Y, entonces, Lee Taeyong está de pie en el vestíbulo de mi casa, y en los pies solo lleva unos calcetines rojos.

Se me sube toda la sangre del cuerpo a las mejillas y las orejas.

—Venga, Lee. Vamos a... hablar.

54

TAEYONG

Sigo a JaeHyun de una habitación inmensa a otra. No creo que su casa sea un castillo, pero casi.

Atravesamos un comedor que parece sacado de Downton Abbey, y en la mesa hay una mujer trabajando delante de un llamativo portátil plateado.

Se aclara la garganta y JaeHyun se detiene para presentarme.

—Madre, ¿recuerdas a mi compañero de habitación, Lee Taeyong?

Seguro que me ha reconocido, pero sigue pasmada. Su reacción hace que yo mismo me pregunte qué demonios pienso que estoy haciendo aquí. En la puta casa de los Bae.

Tendría que haberlo pensado durante el trayecto en tren o en el taxi, o mientras recorría los ocho kilómetros desde la carretera principal hasta la puerta de la mansión de JaeHyun.

Nunca pienso las cosas.

—Lee —dice JaeHyun— Acabas de conocer a mi madrastra, Krystal Jung.

—Encantado, señora Jung —respondo. Aún parece atónita.

—El gusto es mío, señor Lee. ¿De visita por asuntos oficiales?

No entiendo a qué se refiere: nunca he tenido asuntos oficiales.

JaeHyun sacude la cabeza, e intenta interrumpir lo que sea que signifique esa mirada en su rostro.

—Solo está aquí de visita, madre. Tenemos que hacer juntos un trabajo para la escuela. Y no tienes que tratarle de usted. Simplemente, llámale Taeyong.

—No, usted no puede llamarme Taeyong —balbuceo.

—Vamos a estar arriba, en mi habitación —dice JaeHyun, ignorándome. Su madrastra se aclara la garganta otra vez.

—Los haré llamar cuando la cena esté lista.

—Gracias —dice JaeHyun y comienza a moverse de nuevo. Me lleva hasta una escalera enorme flanqueada por estatuas: mujeres desnudas que sostienen círculos de luz. No estoy seguro de si son de luz eléctrica o mágicas, pero parece bastante lógico tener luces incorporadas en las escaleras cuando en tu casa todo es color madera oscura o rojo oscuro; y las ventanas están tan lejos que da la sensación de que la casa fuera el fondo del océano.

Intento seguirle el ritmo. Sigo sin dar crédito a que vaya en jeans. Me suponía que no usaba el uniforme fuera de la escuela, pero siempre me he imaginado a JaeHyun pasando su tiempo libre vestido de traje y chaleco, con una especie de pañuelo de seda alrededor del cuello.

Bueno..., parecen unos jeans muy caros. Oscuros. Ceñidos de la cintura a los tobillos, sin que parezcan demasiado ajustados.

Por un momento, me pregunto si me estará intentando tender una trampa. Ni siquiera sabía que venía, pero ¿estas casas no vienen con las trampas directamente incorporadas? Probablemente JaeHyun tirará de una cuerda negra con borlas y caeré a una mazmorra en cuanto termine de contarle lo que he averiguado.

Llegamos a un largo pasillo y JaeHyun abre una puerta en arco enorme que da a una habitación. Su dormitorio.

Esto debe de ser una broma de vampiro: las paredes están forradas con tela roja y su cama es monstruosa: está decorada con gárgolas. (Hay gárgolas. En su cama.)

Cierra la puerta detrás de mí y se sienta en un baúl que está al pie de la cama. Ahí también hay gárgolas.

—Vale, Lee —comienza—¿qué demonios haces aquí?

—Me invitaste tú —digo. Qué soso soy. Soso por el resto de la eternidad.

—¿Para eso has venido? ¿Para pasar la Navidad?

—No, estoy aquí porque tengo que contarte algo; pero que me invitaste.

Sacude la cabeza como si yo fuera un idiota máximo.

—Solo dime una cosa. ¿Tiene que ver con mi madre?

—He descubierto quién es Taeil.

Eso capta su atención. Se levanta otra vez.

—¿Quién es?

—El hermano de Seulgi.

—¿Seulgi, tu novia?

—Seulgi, la cabrera.

—Seulgi no tiene hermanos.

—Sí que tiene —digo— Un gemelo. Lo tacharon del Libro cuando se convirtió en vampiro.

Juro que el rostro de JaeHyun se vuelve más blanco de lo que ya es de por sí.

—¿Los vampiros convirtieron al hermano de Seulgi? ¿Por eso lo borraron del Libro?

—No, él mismo se unió a los vampiros. De manera voluntaria.

—¿Qué? —dice en tono de burla— No funciona así, Lee.

Invado su espacio personal.

—¿Y cómo funciona, JaeHyun?

—Uno no decide unirse a los vampiros, joder.

—Pues eso fue lo que hizo Taeil. Intentó convencer a Seulgi para que se fuera con él.

—Seulgi. La cabrera. Tiene un hermano llamado Taeil del que nadie ha oído hablar antes...

—Te lo acabo de explicar: no hemos oído hablar de él porque lo tacharon del Libro. Por eso Seulgi vive en Watford. Tu madre le ofreció un trabajo, para que no tuviera que unirse a su hermano. Supongo que los dos eran unos malditos superhéroes, y todo el mundo temía que se asociaran y se convirtieran en supervampiros.

—¿Seulgi conocía a mi madre?

—Sí, tu madre fue quien la contrató.

JaeHyun se limita a quedarse de pie, como si quisiera golpear algo o... o absorber todo lo que hay a su alrededor.

—Bueno, ¿y dónde está ahora? —pregunta— Ese tal Taeil.

—Seulgi no lo sabe. Se supone que no debe hablar con él. Ni siquiera puede hablar sobre él.

JaeHyun vuelve a hacer un gesto de desprecio que me recuerda que en realidad él mismo es un supervampiro, un supervillano.

—No lo sabe, ¿verdad? Bueno —dice— eso ya lo veremos.

Le apoyo la mano en el pecho. Ni siquiera tengo que acercarme para tocarle.

—No —digo con firmeza— Seulgi no sabe dónde está Taeil. No vamos a volver a hablar con ella.

JaeHyun traga saliva y se humedece el labio inferior, de un tono gris rosáceo.

—Hablaré con la cabrera si me da la gana, Lee.

—Si quieres que siga ayudándote, no lo harás —mantengo la mano sobre su pecho porque noto que sigue necesitando que lo contenga, pero me cuesta creer que me esté dejando hacerlo.

Levanta la mano y la cierra en torno a mi muñeca. (Como si me hubiera leído la mente.) (¿Será una cosa de vampiros?)

—Vale —dice, y aparta mi mano de un empujón— Entonces, ¿cómo vamos a encontrar a Taeil?

—Todavía no he pensado en eso. Vine aquí en cuanto salí de casa de Seulgi.

—Bueno, ¿y qué piensa Doyoung?

—Todavía no he hablado con él.

—¿Dónde está?

—No lo sé, ya te he dicho que no he hablado con él. He venido aquí directamente.

JaeHyun parece confundido.

—¿Has venido aquí directamente?

—¿Hubieras preferido que esperara a contártelo después de las vacaciones?

Entrecierra los ojos y vuelve a humedecerse los labios. Pongo los brazos en jarras, pero solo porque no sé qué hacer con las manos.

—¿Y tú qué? —pregunto— ¿Has hecho algún avance?

Aparta la mirada.

—No. Bueno, he leído un montón de libros sobre vampiros.

Me contengo de decir «¿de autoayuda?» y, en cambio, le pregunto:

—¿Qué has descubierto?

—Que están muertos, son malvados y les gusta matar bebés.

—¿Eh? —digo— ¿Y no decía nada sobre patatas fritas con sal y vinagre? —JaeHyun las come en su cama cuando cree que estoy durmiendo, y luego sacude las migas en el espacio que las separa.

Me lanza una mirada furiosa, luego se aleja y se dirige hacia su escritorio.

—Nadie sabe nada sobre vampiros —afirma mientras juguetea con un bolígrafo—Ninguna información real. Quizá debería ir a hablar directamente con ellos.

Escuchamos que alguien llama a la puerta y esta se abre.

—¡Se supone que tienes que llamar! —grita JaeHyun antes incluso de que la chica entre. Creo que es su hermana. Todavía es pequeña para ir a Watford. Se da un aire a su madrastra, guapa y con el pelo oscuro, pero no se parece a JaeHyun ni a su madre: es como si a ellos dos los hubieran dibujado con trazos más intensos.

—Sí que he llamado —dice la niña.

—Bueno, se supone que tienes que esperar a que te diga que entres.

—Madre dice que bajes a cenar.

—Vale —responde. Se queda de pie.

—Bajaremos pronto —dice— Vete.

La chica alza la mirada y deja que se cierre la puerta. JaeHyun vuelve a sumirse en sus pensamientos y a juguetear con el bolígrafo.

—Bueno —digo—quizá sea hora de que me vaya. Envíame un mensaje si averiguas algo más. Puedes intentar llamarme, pero creo que durante las vacaciones no hay nadie contestando el teléfono en la escuela.

—¿Qué? —me gruñe.

—He dicho que me envíes un mensaje si...

—Ahora no te vas a ir.

—Ya te he contado todo lo que sé.

—Lee, has venido en el último tren y luego has caminado durante una hora. No has comido nada en todo el día y todavía tienes el pelo mojado: esta noche no vas a ir a ninguna parte.

—Bueno, no me puedo quedar aquí.

—Todavía no te has prendido fuego.

—JaeHyun, escucha...

Me interrumpe con una mano.

—No.

55

JAEHYUN

Lee ha sido un auténtico desastre durante la cena.

Quizá lo habría disfrutado si no hubiera estado tan desesperado por que se quedara.

Todo lo que había en el plato parecía confundirlo, y alternaba entre mirar la comida con tristeza y devorarla porque estaba claramente muerto de hambre.

Krystal ha intentado quitarse de en medio para que se sintiera cómodo y los niños se han limitado a quedársele mirando. Incluso ellos han oído hablar del heredero del Hechicero.

Creo que mi padre piensa que estoy tramando algún plan malvado. (Supongo que estoy tramando un plan malvado, pero en esta ocasión no está relacionado con dejar inválido a Lee.) Mi padre me lleva aparte después de la cena y me pregunta si quiero que llame a las Familias Antiguas para solicitar ayuda.

—No —respondo— Por favor, no lo hagas. Lee solo ha venido por un trabajo de la escuela.

Mi padre parpadea, incrédulo.

Había pensado contárselo: que mi madre se me ha aparecido. Pero ¿qué le digo si me pregunta por qué no se le apareció a él? ¿Qué pasaría si trasladara el asunto a las Familias Antiguas? Ellos nunca entenderían por qué he estado trabajando con Lee y Kim. Y, en este momento, Lee y Kim son los mejores aliados que podía haberme buscado. Cuando se empeñan en conseguir algo, no hay quien los detenga. Son completamente dignos de confianza, prácticamente sin sentido de supervivencia. Desde que los conozco, he visto a estos dos desenmascarar conspiraciones y combatir monstruos una y otra vez.

Lee sigue cenando. Krystal no deja de ofrecerle repetir comida, por cortesía; y Lee no deja de aceptarla.

En realidad, nunca antes me había sentado con Lee a la mesa. Me doy el gusto de observarle y disfrutarlo, al menos durante unos minutos. En realidad, llevo haciéndolo desde que todo esto empezó, como quien se da un capricho. (Como en el Titanic, donde se decía que podías pedir el postre de primer plato.)

Los modales de Lee en la mesa son espantosos: es como ver comer a un perro salvaje. Un perro salvaje al que te gustaría arrancarle la lengua.

Después de cenar, vamos a la biblioteca y le enseño la información que he encontrado sobre vampiros. En todo momento se mantiene alejado de mí y yo hago como que no me doy cuenta. Quizá deberíamos llamar a Kim y ver qué opina él sobre todo esto, se lo voy a sugerir mañana.

En nuestra biblioteca no hay ninguna información sobre ningún Taeil. Ya lo he buscado, pero lo compruebo otra vez. De pie, en el hueco de la puerta, lanzo el hechizo ¡Búsqueda exhaustiva: Moon Taeil!, pero ningún libro sale volando de los estantes.

Lo que encontramos son algunas menciones a la familia Moon, así que las leemos. Son una vieja familia del East End londinense, muy extensa, y, cada varias generaciones, uno de sus miembros resulta ser una fuerza de la naturaleza, como Seulgi. Si Lee no hubiera aparecido, tal vez Seulgi fuera la maga más poderosa de nuestro mundo. Y pensar que desperdicia todo su potencial en el cuidado de las cabras y las labores de limpieza.

—¿Crees que pudo haber aparecido en La Crónica? —pregunta Lee—¿Cuándo Taeil se convirtió?

—No lo sé —respondo— Puede que no. Probablemente no quisieran hacerlo público, y no parece que hiciera daño a nadie.

—¿Y para qué ibas a querer convertirte en vampiro —dice Lee— si no estás planeando hacer daño a nadie?

—¿Para qué ibas a querer convertirte en vampiro, punto? —pregunto.

—Dímelo tú.

Reprimo mi contestación, y tengo que volver a reprimirme mientras sigo buscando en un libro.

Lee cruza la habitación y se sienta delante de mí en la mesita, eligiendo una silla acolchada.

—No —dice— Lo digo en serio. ¿Por qué querría hacerlo Taeil?

—¿Me estás pidiendo que plantee una teoría?

Asiente.

—Para volverse más fuerte —respondo— Físicamente.

—¿Cómo de fuerte? —pregunta Lee. Me encojo de hombros.

—Habría que preguntárselo a él. No sabría cómo hacer una comparación — porque yo no me acuerdo de cuando era normal.

—¿Y por qué más? —pregunta.

—Para mejorar... sus sentidos.

—¿Como tener visión mejorada, por ejemplo?

—En la oscuridad —afirmo— Escuchar mejor. Percibir los olores con mayor intensidad.

—¿Vivir para siempre?

Niego con mi cabeza.

—No lo creo. No creo que funcione así. Pero nunca... se pondría enfermo.

Lee baja las cejas.

—Viéndolo así, ¿por qué no quiere cambiarse de bando todo el mundo?

—Porque es la muerte —respondo.

—A la vista está que no lo es.

—Dicen que tu alma muere.

—Eso es una tontería —disiente.

—¿Cómo puedes saberlo, Lee?

—A través de la observación.

—Observación —repito— No puedes observar un alma.

—Con el tiempo, puedes —asegura— Creo que podría saberlo...

—Es la muerte —insisto—porque tienes que comer vida para mantenerte vivo.

—Eso lo hace todo el mundo —dice— Se llama comer.

—Es la muerte —digo y me resisto a elevar la voz—porque, cuando estás hambriento, no puedes dejar de pensar en comerte a otras personas.

Lee se vuelve a sentar. Tiene la bocaza abierta, como si nadie le hubiera enseñado a cerrarla. Presiona el labio inferior con la lengua. Y lo único que yo puedo pensar es en lamerle la sangre de ahí.

—Es la muerte —digo y devuelvo mi mirada al libro—porque cuando ves a otras personas, personas vivas, parecen demasiado distantes. Parecen una especie distinta. Del mismo modo que las aves parecen una especie distinta. Y dan la sensación de estar llenos de algo que tú no posees. Podrías arrebatárselo, y aun así, seguiría sin ser tuyo. Simplemente están llenos de eso y tú... hambriento. No estás vivo. Solo estás hambriento.

—Tienes que estar vivo para tener hambre —dice Lee— Tienes que estar vivo para cambiar.

—Quizá eres el que debería escribir un libro sobre vampiros —le digo.

—Quizá debería. Aparentemente, soy un experto en la materia.

Cuando alzo la mirada, Lee me está mirando fijamente.

Percibo claramente la cruz alrededor de su cuello, como energía estática en mis glándulas salivales, pero el colgante nunca ha sido menos desalentador. Podría derribarlo ahora mismo. (¿Besarlo? ¿Matarlo? ¿Improvisar?)

—Deberías preguntarles a tus padres —dice Lee.

—¿El qué? ¿Si estoy vivo? —mierda, no quería decirlo de ese modo. Ni siquiera quería admitirlo mínimamente.

Lee cierra la boca. Traga saliva. Ahí es donde le mordería, justo en la garganta.

Me refería —aclara— a que deberías preguntarles si se acuerdan de Taeil. Quizá ellos sepan dónde está.

—No voy a preguntarles a mis padres por el único mago que dejó nuestra especie para unirse a los vampiros —le digo— ¿Eres completamente idiota?

—Ah —dice— No lo había pensado así.

—No lo habías pensado... —digo. Y luego...— Oh. Oh, oh, oh.

🔮🔮🔮🔮🔮

TAEYONG

JaeHyun vuelve a subir las escaleras corriendo, así que yo corro detrás de él. No hemos visto a ningún miembro de su familia desde la cena. Esta casa es tan grande que podría absorber a una multitud y seguir pareciendo vacía.

Ahora estamos en otra ala. Otro largo pasillo. JaeHyun se detiene delante de una puerta y comienza a lanzar hechizos de desarme.

—Menuda paranoide predecible —masculla.

—¿Qué estamos haciendo? —pregunto.

—Estamos buscando a Taeil.

—¿Crees que podría estar viviendo aquí?

—No —responde— Pero...

Se abre la puerta y entramos en otro espantoso dormitorio gótico. Este parece gótico moderno, porque en la parte superior de las gárgolas, hay pósteres de estrellas de rock de los ochenta y los noventa, que usan un montón de raya negra en el ojo. Y alguien ha escrito No te rayes, con espray amarillo en la pared, estropeando el antiguo tapizado blanco y negro.

—¿De quién es esta habitación? —pregunto. JaeHyun se pone en cuclillas al lado de un estante.

—De mi tía Jessica.

Retrocedo un paso hacia la puerta.

—¿Qué estamos haciendo aquí?

—Estamos buscando una cosa...

Un segundo más tarde, saca de una de las estanterías un gran álbum de recortes morado en el que se lee en relieve en letras moradas: «Recuerda la magia».

—¡Ajá! —dice— Estoy casi seguro de que Jessica fue compañera de clase de Seulgi. La he escuchado hablar de ella. De manera despectiva, claro. Nunca mencionó a su hermano, aunque...

JaeHyun hojea las páginas. Me acuclillo a su lado.

—¿Qué es eso?

—Es un anuario —dice— En Watford, antes de que el Hechicero quedara a cargo, los repartían durante el baile de graduación. Contenía fotos de los alumnos de cada curso y pequeñas historias...

JaeHyun sostiene el libro abierto por una página llena de fotos. Me dan ganas de tener algo así; no tengo ninguna foto mía, ni de mis amigos. Jungwoo tiene unas cuantas, creo.

JaeHyun le da la vuelta al libro, y, en la contraportada, lee minuciosamente una foto grande de la clase entornando los ojos.

Debajo de la imagen, alguien ha pegado unas cuantas fotos instantáneas.

—Mira —digo, señalando una foto en la que aparece una chica sentada al pie de un árbol: el tejo.

Tiene la melena castaña despeinada y un mechón rubio, sonríe con la nariz fruncida y la lengua entre los dientes. Junto a ella, sentado, hay un chico delgaducho que le pasa el brazo alrededor de los hombros.

—Seulgi —digo, porque ese pelo rubio y lacio es igual que el suyo. Y también los pómulos marcados. Pero nunca he visto a Seulgi con una actitud tan arrogante, y soy incapaz de imaginármela con esa sonrisa de superioridad. Debajo de la foto, alguien escribió «Taeil y yo», y, en lugar de punto, sobre la «i» dibujó un corazón.

—¡Jessica! —dice JaeHyun, dando un golpe al libro cerrado.

Le quito el libro y lo abro de nuevo, lo coloco en el suelo, apoyándolo en la cama. Hay unas cuantas páginas por cada año que Jessica estudió en la escuela, con fotos grandes de la clase y páginas en blanco para poner otras fotos y certificados. No es difícil localizar a Jessica en cada foto de la clase posando (esa mecha rubia debe de ser natural), ni tampoco encontrar a Seulgi y Taeil, siempre de pie uno al lado del otro, donde parecen casi idénticos, pero completamente distintos. Seulgi parece la Seulgi actual, amable e insegura, en cada foto. Taeil parece estar tramando algo. Incluso cuando era un novato en la escuela.

Encuentro otra foto de Taeil y la tía de JaeHyun, esta vez posando con disfraces anticuados.

—¿Sabías que en Watford había un club de teatro? —le pregunto.

—En Watford había un montón de cosas antes de que llegara el Hechicero —JaeHyun me quita el libro y lo devuelve al estante— Vamos.

—¿Adónde vamos?

—¿Ahora mismo? A la cama. ¿Mañana? A Londres.

Tengo que estar molido, porque ninguna de ambas frases tiene sentido para mí.

—Vamos —dice JaeHyun— Te enseñaré tu habitación.

🔮

Mi habitación resulta ser la más extraña de todas las que he visto hasta ahora.

En la arcada alrededor de la puerta hay un dragón pintado al que le han encantado el rostro para que resplandezca y te siga en la oscuridad.

Además, hay algo debajo de la cama.

No sé qué es exactamente, pero gime, escucho chasquidos y hace que las columnas del dosel se agiten. Termino en la puerta del dormitorio de JaeHyun, diciéndole que me vuelvo a Watford.

—¿Qué? —está medio dormido cuando abre la puerta. Y sonrojado; debe de haber salido a cazar después de que me fuera a la cama.

O quizá tengan perreras para que se alimente en el patio.

—Me voy —le digo— Esa habitación está embrujada.

—Toda la casa está encantada, ya te lo he dicho.

—Me largo.

—Vamos, Lee, puedes dormir en mi sofá. Aquí no vienen los fantasmas.

—¿Por qué no?

—Porque les doy miedo.

—Tú me das miedo —mascullo y me tira una almohada a la cara. (Huele a él.) Mientras me acomodo en el sofá, me doy cuenta de que no lo he dicho en serio.

No me da miedo.

Solía decirlo en serio. Normalmente lo digo en serio.

Pero JaeHyun es lo único que me resulta familiar en esta casa, y, con el sonido de su respiración de fondo, duermo mejor de lo que he dormido desde que empezaron las vacaciones de invierno.

56

JESSICA

Vale, Irene, sé que no tenía que haberle dicho nada.

Tú no lo habrías hecho.

Pero ha venido derechito a mi piso, buscando problemas. Cuando el único problema es él, cada maldito segundo que está vivo.

—Háblame de Taeil —dice, como si ya supiera todo lo que necesitaba saber.

Sabe que es mi favorito; ese es el problema. Lo sería incluso aunque hubieras tenido una camada de cachorros. Engreído como Mick Jagger, ese. Y más listo que el hambre.

—¿Quién ha estado hablando contigo sobre Taeil? —le pregunto.

Se sienta en mi sucia mesita y comienza a beberse mi té, mojando en él la última pasta de lavanda.

—Nadie —responde. Mentiroso— Pero he oído que es igual que yo.

—¿Un retorcido niño mimado?

—Sabes a qué me refiero, Jessica.

—Bonito traje, Jae, ¿adónde vas?

—A bailar.

Viene vestido con su traje más elegante. Spencer Hart, si no me equivoco. Como si hubiera venido a recoger un BAFTA.

Me siento frente a él.

—No se parece en nada a ti —le digo.

—Tendrías que habérmelo contado —me recrimina— Que yo no era el único.

—Él lo eligió. Se convirtió voluntariamente.

—¿Qué más da que lo eligiera, Jessica? El resultado es el mismo.

—Para nada —aclaro— Él abandonó nuestro mundo. Se fue. Decía que iba a evolucionar. Que iba a ser algo más que mágico...

"Ya eres suficientemente poderoso, Taeil."

"¿Y qué es lo que pensamos sobre el «suficiente», profesora Bae?"

Lleva la corbata de la escuela metida en el bolsillo de la chaqueta. Esa sonrisa cruel e indiferente.

—Él nos traicionó, Jae —siento esta antigua rabia, este viejo todo, que me sube por la garganta.

—Y lo tacharon del Libro —dice mi sobrino.

—Porque era un traidor —aclaro.

—Porque era un vampiro —dice JaeHyun, y no puedo evitarlo; esa palabra aún me causa repulsión.

No tenía que ser yo, Irene. Quien le contara a este chico cómo abrirse camino en el mundo. No se me da bien. Mírame. Treinta y siete años, haciéndome porros en bata, desayunando cookies de chocolate, eso si consigo levantarme; soy un desastre.

¿Qué le dirías si estuvieras aquí?

No... Da igual. Sé qué le dirías, y te equivocas.

Esa es una de las cosas en las que te he superado. Fui lo suficientemente débil como para darle una oportunidad a tu hijo. Y, ahora, mírale: debería estar muerto, pero no está perdido. Es tan oscuro como el alquitrán e incisivo como una cuchilla, y está lleno de tu magia. Es una hoguera. Te sentirías orgullosa, Irene.

—A ti no te van a tachar, Jae—aclaro— ¿De eso va esto? Nadie sabe nada sobre ti y, si lo descubrieran, que no lo van a hacer, saben que no podemos prescindir de ti. Por fin las Familias Antiguas están listas para contraatacar al Hechicero. Por fin está ocurriendo.

Se humedece el labio inferior y mira por mi ventanuco. Fuera todavía hace sol y sé que le molesta, aunque no se va a quejar. Corro la cortina y la cocina queda en penumbra.

—¿Sigue vivo? —pregunta JaeHyun— ¿Taeil?

—Eso creo. Por decirlo de algún modo. No he tenido noticia de que no fuera así.

—¿Te habrías enterado?

Hay un paquete de cigarrillos en la mesa. Enciendo uno con mi varita mágica y le doy unas caladas, echando la ceniza en el platillo de la taza de té.

—Sabes que las Familias Antiguas utilizan los contactos que tengo aquí, en Londres...

—¿A qué te refieres, Jessica?

—Aquí hablo con gente con la que ningún otro quiere hablar. Indeseables. No me importa hacer un poco de trabajo sucio de vez en cuando.

Luego, hermana, me enarca una de sus cejas. Expulso un poco de humo.

—Joder. No el trabajo sucio que estás pensando, pervertido.

—Entonces Taeil es un indeseable —señala.

—No se nos permite hablar sobre él. Es una ley del Hechicero.

—¿Me repudiaría a mí tan fácilmente?

—Ay, JaeHyun, joder, sabes que no lo haría. ¿Por qué te interesa tanto?

—No puedo evitar sentir curiosidad —se inclina hacia mí sobre la mesa— ¿Está vivo? ¿Caza? ¿Ha envejecido? ¿Ha convertido a alguien?

—Moon Taeil no tiene ninguna respuesta para ti, muchacho —digo, apuntándole con mi cigarrillo, así que lo apago antes de quemarle sin querer— Es un mafioso de poca monta; un rufián de tercer nivel en una película de Guy Richie. Pensó que iba a convertirse en un hiperultramago, pero ha terminado jugando a los dados en el almacén de un bar de vampiros en Covent Garden. Tiró su vida entera por la borda e hizo daño a todos los que le querían; y no hay nada que puedas aprender de él, Jae. Nada que no sea cómo ser un vampiro de mierda.

La ceja de JaeHyun aún sigue enarcada. Se bebe el resto de mi té.

—Bueno —dice— Me has dado una información importante.

—Qué bien. Vete a casa a estudiar.

—Estoy de vacaciones.

—Vete a casa y descubre cómo derrocar al Hechicero.

—Ya te lo he dicho. Voy a salir a bailar.

Vuelvo a mirar su traje y sus brillantes zapatos negros.

—Jae. ¿Has conocido a algún chico?

Sonríe y sé que va a dar problemas. Debimos lanzarlo al Támesis dentro de una bolsa de piedras.

Debimos dejárselo a las hadas.

—Algo así.

57

JUNGWOO

Estoy sentado en la encimera de Doyoung, extendiendo glaseado rosa sobre una galleta de jengibre con forma de chico.

—¿Por qué las galletas de jengibre con forma de chico tienen que ser rosas? — pregunta Dongs.

—¿Por qué no deberían ser rosas las galletas de jengibre con forma de chico? — respondo— Me gusta el rosa.

—Solo porque las barbies y los legos dirigidos a nuestro género te han condicionado para que te guste.

—No me fastidies, Dongs. Nunca he jugado con barbies.

En realidad, lo de quedar con Dongs está yendo mejor de lo que creía. Cuando me acorraló en el patio antes de que nos fuéramos de vacaciones, pensé que me iba a hacer trizas por haber dejado a Taeyong.

—Oye —me dijo—me he enterado de que Taeyong no va a pasar la Navidad en tu casa.

—Porque ya no salimos juntos, Doyoung. ¿Contento?

—En general, sí —respondió—pero no porque ustedes dos hayan roto.

Es imposible tener la última palabra en una conversación con Dongs. Puedes faltarle al respeto, puedes ignorarlo, pero él no se rinde.

—Jungwoo —dijo—¿de verdad piensas que quiero estar con Taeyong?

Creo que Dongs quiere ser la persona más importante en la vida de Taeyong, ¿eso es un sí o un no?

—No lo sé, Doyoung. Pero sé que no querías que yo estuviera con él.

—¡Porque ninguno de los dos estaban bien!

—¡Eso no era asunto tuyo!

—¡Claro que lo era! —dijo— Son mis amigos.

Puse los ojos en blanco de manera muy evidente, pero él continuó.

—No era de esto de lo que quería hablar contigo —dijo de manera brusca— Me he enterado de que Taeyong no iba a pasar la Navidad en tu casa. Y no puede venir a la mía porque mi madre está molesta con el Hechicero, pero he pensado que tú y yo podríamos seguir quedando y haciéndonos regalos.

Siempre lo hacemos, todos los años, nosotros tres.

—¿Sin Taeyong?

—Sí, ya te he dicho que mi madre está obsesionada con Taeyong.

—Pero nunca quedamos sin Taeyong —añadí.

—Pero eso es porque siempre está cerca —dijo Dongs— Pero que ustedes hayancortado no quiere decir que tú y yo no podamos ser amigos.

—¿Somos amigos?

—¡Por Nick y Slick!, eso espero —afirma Dongs— Solo tengo tres amigos. Si no somos amigos, entonces solo tengo dos.

—¿Qué hacen, chicos?

La madre de Dongs entra en la cocina trayendo consigo el portátil, como si no pudiera apartarse de él ni el tiempo que tarda en prepararse una taza de té. Lleva el pelo recogido en un moño oscuro despeinado y la misma chaqueta de punto y los mismos pantalones de chándal que estaba usando ayer, cuando llegué. Mi madre ni siquiera saldría de su habitación con esas pintas.

La profesora Kim enseña Historia de la Edad Media en la universidad de los Normales, pero también es historiadora mágica. Ha publicado un estante completo de libros para magos, pero no gana dinero haciendo eso. No hay suficientes magos que apoyen las artes y ciencias mágicas como profesión. A mi padre le va bien como médico de magos porque es uno de los pocos que tienen la formación adecuada, y, antes o después, todo el mundo necesita un médico. El padre de Dongs enseñaba Lingüística en una universidad local, pero ahora trabaja a tiempo completo en el Aquelarre, investigando sobre el Humdrum. Incluso tiene un grupo propio de investigadores que trabajan en el laboratorio con él, en el piso de arriba. He estado aquí casi dos días enteros y aún no le he visto.

—Solo sale para tomar té y comer sándwiches —me dijo Dongs cuando le pregunté por ello.

También tiene un par de hermanos más jóvenes; los conozco de Watford. Ahora mismo hay uno atrincherado en el salón, que se está viendo el equivalente a tres meses de la telenovela Eastenders, y al menos uno más arriba, pegado a Internet. Son todos tremendamente independientes. Ni siquiera creo que tengan una hora fijada para comer. Simplemente, entran y salen de la cocina con tazones de cereales y sándwiches tostados de queso.

—Estamos haciendo galletas de jengibre —dice Dongs para responder a su madre— Para Taeyong.

—Ya vale con eso, Doyoung —dice su madre mientras coloca el ordenador en la isla de la cocina y contempla nuestras galletas— Vas a ver a Taeyong en una semana o dos; estoy segura de que se acordará de ti. Vaya, Jungwoo, en serio, ¿las galletas de jengibre con forma de chico tienen que ser rosas?

—Me gusta el rosa —afirmo.

—Me alegro de veros pasar tiempo juntos, chicos —dice— Es bueno tener una vida que pase el test de Bechdel.

—Claro, porque tus amigas no dejan de entrar y salir de esta casa —masculla Dongs.

—No tengo amigas —responde su madre— Tengo colegas e hijos.

Coge una de mis galletas de jengibre y le da un mordisco.

—Bueno, no es que esté evitando a otras chicos por ser chicos —aclara Dongs—Evito a la gente, en general.

—Yo tengo un montón de amigos —agrego— Ojalá pudiera ir a clase con ellos — hoy no es la primera vez que pienso que estoy desperdiciando un día que podría estar pasando con mis verdaderos amigos, mis amigos Normales, solo por ser simpático con Doyoung.

—Bueno, podrás ir a clase con ellos el año que viene, en la universidad —me dice su madre— ¿Qué vas a estudiar, Jungwoo?

Me encojo de hombros. Aún no lo sé. No tengo por qué saberlo, todavía: solo tengo dieciocho años. No estoy destinado a nada. Y mis padres no me tratan como si tuviera que alcanzar la excelencia. Si Dongs no encuentra la cura contra el cáncer y descubre dónde viven las hadas, creo que su madre se va a decepcionar un poco.

La profesora Kim frunce el ceño.

—Mmm. Estoy segura de que tendrás tiempo para pensarlo —el hervidor suelta un chasquido, la madre de Dongs se sirve el té— ¿Quieren una taza de té recién hecho?

Dongs extiende su taza y su madre coge la mía también.

—Cuando tenía su edad, tenía amigas; mi mejor amiga, Bo—Gyeol... —se ríe, como si recordara algo— Éramos uña y carne.

—¿Siguen siendo amigas? —pregunto.

Deja nuestras tazas sobre la mesa y me mira como si no le hubiera prestado atención a nuestra conversación hasta ahora.

—Lo sería —responde—si nos viéramos. Se fue a vivir a Estados Unidos pocos años después de la escuela. De todas formas, ya casi no quedábamos cuando dejamos Watford.

—¿Por qué no? —pregunta Dongs.

—No me caía bien su novio —responde su madre.

—¿Por qué? —vuelve a preguntar Dongs. Madre mía, a estas alturas, los padres de Dongs deben de haber escuchado esa pregunta cientos de miles de veces.

—Me parecía demasiado controlador.

—¿Por eso se fue a Estados Unidos?

—Creo que se fue cuando lo dejaron —da la sensación de que la profesora Kim estuviera decidiendo lo que va a decir a continuación— En realidad..., Bo—Gyeol salía con el Hechicero.

—¿El Hechicero tenía novia? —pregunta Dongs.

—Bueno, por aquella época no le llamábamos el Hechicero —añade su madre—Le llamábamos Jaejoong.

—El Hechicero tenía novia —repite Dongs, con los ojos desorbitados— Y nombre. Mamá, ¡no sabía que habías ido a la escuela con el Hechicero!

La profesora Kim bebe un trago de té y se encoje de hombros.

—¿Cómo era antes? —pregunta Dongs.

—Igual que ahora —responde su madre— Pero más joven.

—¿Era guapo? —pregunto. Pone una mueca.

—No lo sé, ¿creen que es atractivo?

—¡Cielos, no! —responde Dongs al mismo tiempo que yo digo:

—¡Sí!

Era atractivo —admite la profesora Kim—y carismático, a su manera. Tenía a Bo—Gyeol comiendo de la palma de su mano. Pensaba que él era un visionario.

—Mamá, eso tienes que admitirlo —dice Dongs—: en realidad, sí que era un visionario.

La profesora Kim vuelve a poner una mueca.

—Siempre había que hacer las cosas a su manera, incluso en aquella época. Para Jaejoong todo era blanco o negro, siempre. Y si Bo—Gyeol no estaba de acuerdo... Bueno, Bo—Gyeol siempre estaba de acuerdo. Se perdió a sí misma con él.

—Jaejoong —añade Doyoung— Qué raro.

—¿Cómo era Bo—Gyeol? —pregunto. La madre de Dongs sonríe.

—Brillante. Era poderosa —se le encienden los ojos al pronunciar esa palabra— Y fuerte. Recuerdo que jugaba al rugby con los chicos. Una vez, tuve que colocarle la clavícula en medio del campo; fue una locura. Era una chica de pueblo, con hombros anchos y el pelo rubio, tenía los ojos más azules...

El padre de Dongs entra en la cocina y empieza a deambular.

—¡Papá! —grita Dongs— ¿Podemos hablar ahora?

El otro profesor Kim busca con torpeza el hervidor de agua y lo enciende. La madre de Dongs lo apaga y lo lleva al fregadero para echarle agua, él le besa la frente.

—Gracias, mi amor.

Papá —insiste Dongs.

—Sí... —responde mientras rebusca en la nevera.

Es un hombre bastante pequeño, más bajito que la madre de Dongs. Tiene el pelo gris ceniciento y una enorme nariz que dan ganas de pellizcar. A modo de diadema, lleva unas gafas redondas con montura metálica muy anticuadas. En la familia de Dongs, todos usan gafas pasadas de moda.

Corre el rumor de que el padre de Dongs no es ni la mitad de poderoso que su madre; mi madre dice que entró a Watford simplemente porque su padre daba clases en la escuela. La madre de Dongs es tan esnob con el tema de los poderes que me cuesta imaginármela casándose con un fracasado.

—Papá, ¿te acuerdas? Necesito hablar contigo.

Se está cargando los brazos de comida: dos yogures, una naranja, un paquete de pan de gambas. Coge una galleta de jengibre y entonces se da cuenta de que estoy aquí.

—Ah, hola, Jungwoo.

—Hola, profesor Kim.

—Donghae —dice, cuando ya casi se está yendo— Llámame Donghae.

Papá.

—Sí, vamos arriba, Dongs; tráeme el té, ¿quieres?

Dongs espera a que el té esté listo, luego coge un par más de galletas de jengibre (se las comen más rápido de lo que a mí me da tiempo a decorarlas), y le sigue al piso de arriba.

—¿Por qué rompieron? —le pregunto a la profesora Kim cuando Dongs y su padre se han ido.

Tiene la vista clavada en el ordenador, sostiene la taza de té como si se le hubiera olvidado a medio camino de la boca.

—¿Mmm?

—Bo—Gyeol y Jaejoong —le digo.

—Ay, no lo sé —asegura— Para entonces, ya habíamos perdido el contacto. Me imagino que finalmente se dio cuenta de que era un imbécil y tuvo que cruzar el charco para alejarse de él. ¿Te imaginas que el Hechicero fuera tu ex? Está en todas partes.

—¿Cómo se enteró usted de que ella se fue?

La profesora Kim parece triste.

—Me lo dijo su madre.

—Me pregunto por qué el Hechicero nunca volvió a salir con nadie...

—Quién sabe —responde de manera evasiva mientras clava la vista de nuevo en el ordenador— Quizá tiene novias Normales en secreto.

—O igual quería de verdad a Bo—Gyeol —añado— y nunca la superó.

—Puede —dice la profesora Kim. No me está prestando atención. Escribe unos cuantos segundos y luego me mira—: Me acabas de recordar algo en lo que no había pensado en años. Espera aquí —sale de la cocina y me imagino que, probablemente, no volverá. Los Kim a veces hacen esas cosas.

Sin embargo, lo hace y trae consigo una fotografía.

—La hizo Donghae.

Son tres alumnos de Watford, dos chicas y un chico, sentados en el césped, cerca del campo de fútbol, creo. Las chicas llevan pantalones. (Mi madre dice que nadie usaba faldas escolares en la década los noventa.) Una de ellas es muy guapa, evidentemente la madre de Doyoung. Con su pelo suelto y rebelde, se parece muchísimo a Dongs. La misma frente amplia. La misma sonrisa de suficiencia. (Ojalá Dongs estuviera aquí con nosotros, así podría burlarme de eso.) Y el chico es obviamente el Hechicero, diferente, con el pelo más largo y suelto, y sin ese estúpido bigote. (El Hechicero tiene el bigote más feo del mundo.)

Pero a la chica de en medio no la reconozco. Es guapa.

Pelo rubio hasta el hombro, rizado y abundante. Con unas mejillas sonrosadas y unos ojos tan grandes y azules que su color se aprecia en la foto. Sonríe de manera franca, sostiene la mano de la madre de Doyoung y se apoya en el chico cuyo brazo la rodea.

La verdad es que el Hechicero era guapísimo. Muchísimo más que cualquiera de las chicas. Y en esta foto parece más amable que ninguna de las veces que lo he visto, con su sonrisa ladeada y esa mirada de ojos casi avergonzados.

—Bo—Gyeol y yo en realidad nunca tuvimos una discusión —dice la profesora Kim

— Yo habría empezado la pelea y Bo—Gyeol se hubiera limitado a cambiar de tema. Al final, nunca peleábamos. Creo que dejó de hablarme porque se cansó de defender a Jaejoong de mí. Cuando dejamos la escuela ya era tan intenso...,estaba tan radicalizado, dispuesto a atacar el palacio y poner una guillotina.

Me doy cuenta de que la profesora Kim está ahora hablando más para sí misma y para la foto que para mí.

—Y nunca se callaba —dice mientras coloca la foto en la encimera— Todavía no me explico cómo lo soportaba —me mira, y entorna los ojos— Jungwoo, ya sé que estoy siendo indiscreta, pero nada de lo que te he contado puede salir de esta cocina, ¿está claro?

—Ah, claro —le respondo— Y no se preocupe por eso; mi madre también se queja del Hechicero.

—¿En serio?

—Nunca asiste a sus fiestas, y, cuando lo hace, viene vestido con el uniforme, que, por lo general, lleva lleno de barro. Y, además, siempre se marcha temprano. Trasnochar le provoca migraña.

La profesora Kim se ríe.

Le suena el teléfono y se lo saca del bolsillo.

—Tiffany al habla —vuelve a mirar el ordenador y hace clic en teclado táctil— Permítame verificarlo —coge el ordenador, lo sujeta con la tripa, sostiene el teléfono entre la oreja y el hombro, y sale de la habitación.

Deja la foto en la encimera. Un momento después, la cojo.

Los vuelvo a mirar a los tres. Parecen tan felices que cuesta creer que ahora no se dirijan la palabra entre ellos.

Miro a Bo—Gyeol, el rubor de sus mejillas y sus ojos azul celeste, y deslizo la foto en mi bolsillo.

58

BO—GYEOL

Ojalá le hubierais conocido cuando era joven.

Era guapo, claro. Sigue siendo guapo. Ahora tiene un atractivo que no le pasa desapercibido a nadie...

Pero, entonces, la única que lo percibía era yo.

Me daba pena; supongo que así fue cómo empezó. Siempre estaba hablando y nadie le escuchaba nunca.

A mí me gustaba escucharle. Me gustaban sus ideas, y tenía razón sobre muchas cosas. Sigue teniendo razón.

—¿Cómo va la revolución, Jaejoong?

—No te burles, Bo—Gyeol. No me gustan las bromas.

—Lo sé. Pero a mí sí.

Estaba sentado solo debajo del tejo, así que me senté a su lado. Cuando empezamos a quedar, me citaba allí con él para que nadie nos viera juntos, para que nadie me viera con el pobre tonto de Jaejoong.

Bueno, me gustaba quedar con él bajo el tejo porque era casi como estar solos y juntos a la vez.

—Has estado muy callado últimamente —le digo.

—No tengo nada más qué decir. Nadie me escucha.

—Yo te estoy escuchando.

—Trasladé mi queja ante el Aquelarre —dijo— Se rieron de mí.

—Estoy segura de que no se rieron, Jaejoong...

—No hace falta reírse en voz alta para burlarse de alguien. Me trataron como a un niño.

—Bueno, eres un niño. Los dos lo somos.

Me miró directamente a los ojos. Los ojos de Jaejoong tienen algo... Es casi como si fueran mágicos. Me era imposible apartar la mirada de ellos.

—No, Bo—Gyeol. No lo somos.

🔮

Después de aquella asamblea con el Aquelarre, Jaejoong se pasaba el día en la biblioteca o encorvado delante de un libro en el comedor, derramando salsa sobre algún texto de cuatrocientos años de antigüedad.

A veces me sentaba con él, a veces él hablaba conmigo.

—Bo—Gyeol, ¿sabías que Watford tenía su propio oráculo? Es la sala que está en la parte superior de la capilla, la que tiene ese ventanal que da a las murallas de la escuela. Ahí trabajaban los oráculos. Tenían la misma importancia que los directores.

—¿Y cuándo dejó de funcionar?

—En 1914. Fue una medida de austeridad. La idea era que los oráculos donaran gratuitamente sus servicios si se necesitaban después de eso.

—No conozco a ningún oráculo —dije.

—Bueno, el oráculo de Watford era el que daba formación a los demás. Ahora es una profesión que ya no existe. Aunque la biblioteca mantiene un ala completa con sus profecías...

—¿Desde cuándo te interesan las bolas de cristal y las cartas del tarot?

—No me interesan los juegos de niños con herramientas que no entienden, pero esto... —le brillaban los ojos— ¿Sabías que la gran hambruna de la patata en Irlanda había sido profetizada?

—No.

—Y el Holocausto.

—¿En serio? ¿Cuándo?

—En 1511. ¿Y sabías que hay una visión que han tenido todos los oráculos desde los inicios de Watford?

—Ni siquiera sabía que existieran los oráculos hace treinta segundos.

—Que está por venir un gran Hechicero.

—Como la canción infantil —añadí— «Y a darnos fin uno vendrá, / y otro que caer le hará, / al de la magia más poderosa debéis permitir reinar, / para el mundo de los Hechiceros poder salvar».

—Sí.

—Mi abuela solía contar cuentos sobre el Gran Hechicero.

—Hay docenas de profecías —dijo Jaejoong— Todas sobre un mago, el Elegido.

—¿Cómo sabes que se trata de la misma persona? —le pregunté— Y ¿cómo sabes que él, o ella, aún no ha llegado, o ya ha muerto?

—¿De verdad crees que nos pasaría desapercibido alguien que pudiera salvar a toda nuestra gente? ¿Alguien que fuera capaz de reparar nuestro mundo?

—¿Dice la profecía qué tendrá que reparar?

—Dice que habrá una amenaza, que algunos de nosotros nos volveremos oscuros y estaremos divididos; que la magia misma estará en peligro y que habrá un mago que tendrá un poder que ningún otro haya podido soñar, un hechicero que atraerá su poder desde el centro de la tierra. «Parece un hombre normal y corriente, pero su poder no tiene equivalente». Uno de los oráculos lo describe como «un recipiente»: suficientemente grande y fuerte para contener toda la magia en sí mismo.

Jaejoong se iba emocionando cada vez más a medida que hablaba. Le brillaban los ojos y se le trababan las palabras. Señalaba la pila de libros con gestos, como si su mera presencia hiciera que las profecías fueran irrefutables.

Noté que estaba echando la barbilla hacia atrás.

—No estarás...

—¿Qué? —preguntó Jaejoong.

—Bueno, ¿no estarás pensando...?

—¿Qué, Bo—Gyeol? ¿Qué no estaré pensando?

—Bueno..., ¿que tú eres el Gran Hechicero?

—¿Yo? —se burló— No. No seas tonta. Soy más poderoso que cualquiera de esos idiotas —lanzó una mirada alrededor de la biblioteca—pero no tengo esa clase de poder que puedes imaginar.

Intenté reír.

—Vale. Entonces...

—¿Entonces?

—¿Entonces por qué es tan importante para ti?

—Porque el Gran Hechicero aún está por llegar, Bo—Gyeol. Y lo hará en el momento en que más imperiosa sea nuestra necesidad. Cuando los magos «con garras en lugar de manos, arañen las gargantas de sus hermanos», cuando «la cabeza de nuestra magnífica bestia se haya perdido». Eso sucederá pronto. Sucederá ya. ¡Todos deberíamos preocuparnos por esto! ¡Deberíamos prepararnos!

59

DOYOUNG

Me gusta el laboratorio de mi padre. Está en el ático. No permite que nadie lo limpie, ni siquiera sus ayudantes. Es un completo desastre, pero mi padre sabe dónde está todo, así que si alguien mueve un libro de una pila a otra, se cabrea un poco.

Hay una pared entera cubierta con un mapa de Gran Bretaña: los agujeros en la atmósfera mágica aún no se propagan por el agua, pero han crecido con el paso de los años. Mi padre ha hecho un mapa del perímetro de cada agujero con alfileres y cuerda, y luego usa cuerdas de diferentes colores para indicar cuánto van creciendo. Unas banderitas registran la fecha de la medición. Algunos de los agujeros más grandes se han fusionado con el paso de los años: en Cheshire, por ejemplo, ya casi no queda magia.

Ahora mismo, los ayudantes de mi padre han salido a hacer una inspección. Acaba de contratar a alguien nuevo, un antropólogo mágico, para que estudie el efecto de los vacíos en las criaturas mágicas. Le gustaría estudiar cómo afectan los agujeros a los Normales, pero no ha podido obtener financiación.

Me acerco al mapa. Hay dos agujeros en Londres: uno grande en Kensington y uno más pequeño en la plaza de Trafalgar. Odio pensar qué pasaría si el Humdrum atacara cerca de nuestra casa, en Hounslow. Muchísimas familias mágicas tendrían que mudarse y, a veces, eso las debilita. La magia de un mago suele asentarse en un lugar concreto. Le respalda.

Me siento en una de las mesas altas. A mi padre le gusta estar de pie mientras trabaja, así que todas las mesas son altas. Acaba de abrir un libro y está copiando cifras en otro libro más grande. También usa un ordenador pero, de todas formas, conserva todos sus registros en papel.

—Estoy haciendo un trabajo para la escuela —le digo— He estado revisando algunos números antiguos de La Crónica...

—Ajá.

—Y he estado leyendo sobre la Tragedia de Watford.

Mi padre levanta la vista.

—¿Sí?

—¿Tienes recuerdos de cuando ocurrió?

—Claro —vuelve a concentrarse en el libro más grande— Tu madre y yo aún estábamos en la universidad. Tú eras muy pequeña...

Mi madre y mi padre se casaron justo cuando terminaron Watford y se pusieron a tener hijos inmediatamente, a pesar de que todavía estaban estudiando y mi madre quería tener una carrera. Mi padre dice que mi madre lo quería todo y ya.

—Tuvo que ser horrible —añado.

—Lo fue. Nadie había atacado Watford antes... Y la pobre Irene Jung—Bae.

—¿La conocías?

—No personalmente. Era mayor que nosotros. Su hermana, Jessica, estaba unos cuantos cursos por debajo de nosotros en la escuela, pero tampoco la conocía. Los Bae siempre han sido un poco especialitos.

—¿Entonces, no te caía bien? ¿Irene Jung—Bae?

—No me gustaban sus políticas —aclara— Pensaba que los magos con poderes inferiores debían renunciar a sus varitas mágicas.

Magos con poderes inferiores. Como mi padre.

—¿Por qué atacaron Watford los vampiros? —pregunto— Nunca antes lo habían hecho.

—Los envió el Humdrum —responde mi padre.

—Pero eso no es lo que pone en las primeras noticias que se publicaron, justo después de los ataques —me acerco a él inclinándome sobre la mesa— Solo dice que fueron los vampiros.

Vuelve a mirarme con interés.

—Es verdad —asiente— Al principio no lo sabíamos. Simplemente creímos que los seres oscuros estaban aprovechándose de lo desorganizados que estábamos. Eran otros tiempos. Todo era más relajado. El mundo de los Hechiceros era más como un... club. O una sociedad. No había línea de defensa. En aquella época, había incluso ataques de hombres lobo en el propio Londres, ¿te imaginas?

—¿Así que nadie sabía que el Humdrum estaba detrás del ataque a Watford?

—Durante un tiempo, no —afirma— Al principio no sabíamos que el Humdrum era una entidad.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, cuando los agujeros comenzaron a aparecer...

—En 1998.

—Sí —confirma—fue la primera vez que los registramos. Hace diecisiete años. Pensábamos que podía ser un fenómeno natural o quizá incluso una consecuencia de la contaminación. Como los agujeros de la capa de ozono. El doctor Manning fue el primero en acuñar el término «Insidioso Humdrum», lo recuerdo. Visitó el agujero de Lancashire y lo describió como «un insidioso tedio, una mundanidad que se instala sigilosamente en lo más profundo del alma» —mi padre sonríe. Le gusta esa frase rimbombante— Yo comencé mi investigación casi inmediatamente después.

—¿Cuándo se supo que el Humdrum era un ente?

—Aún no sabemos si es un ente.

—Bueno, ya me entiendes: ¿cuándo se supo que era algo que poseía voluntad? ¿Que nos estaba atacando?

—No hubo una fecha concreta —responde— Vamos, más bien lo que pasó fue que todo cambió en 2008. Personalmente, pienso que el Humdrum se volvió más poderoso en esa época. Habíamos estado haciendo un seguimiento de esos pequeños agujeros, como burbujas en la atmósfera mágica y, de pronto, se esparcieron rápidamente, como la metástasis de un cáncer. Más o menos por la misma época, el mundo de los seres oscuros se volvió loco. Supongo que cuando los seres oscuros empezaron a ir a por Taeyong supimos que era un fenómeno en el que había maldad (e inteligencia) involucradas, que no era solamente un desastre natural. Y, luego, también estaba la sensación. Los agujeros, los ataques... Van acompañados de una sensación claramente identificable —sus ojos se concentran en mí y el gesto de su boca se endurece.

Después de que el Humdrum nos secuestrara a Taeyong y a mí el año pasado, mi padre quiso que le contara hasta el último detalle. Le conté prácticamente todo lo que sé sobre el Humdrum, incluso qué aspecto tiene. Mi padre opina que el Humdrum adoptó la forma de Taeyong para burlarse de él.

Apoyo los codos en la mesa.

—¿Por qué crees que el Humdrum odia tanto a Taeyong?

—Bueno —frunce la nariz—parece que el Humdrum odia la magia. Y Taeyong posee más magia que cualquier mago u objeto de este mundo.

—Me resulta extraño que Humdrum no sea su verdadero nombre —comento— Quiero decir, que no creo que surgiera con ese nombre, ni que se refiera de esa manera a sí mismo.

—¿Crees que un ser oscuro elegiría un nombre como «el Insidioso Humdrum»?

—Nunca lo había pensado —respondo— Simplemente, siempre ha estado ahí.

Mi padre suspira y se sube las gafas.

—Pensar que tú no recuerdas un mundo en el que no existía el Humdrum me rompe el corazón. Me preocupa que tu generación, sencillamente, se acostumbre a su existencia. Que no vislumbren la necesidad de combatirlo.

—Yo creo que soy bastante consciente, papá. Esa cosa desquiciada me secuestró e intenta matar a mi mejor amigo sin cesar.

Mi padre frunce el ceño y me sigue mirando.

—Sabes, Doyoung... En unas semanas vendrá un equipo de asia. Creo que logré captar su atención cuando fuimos de visita este verano.

Mi padre conoció a todos los científicos mágicos que pudo cuando visitamos a Yuta. Hubo un geólogo mágico que se interesó genuinamente por el trabajo de padre. Los magos asiáticos están mucho menos organizados que nosotros. Viven desperdigados por todo el país y, en su mayoría, trabajan en sus propios asuntos. Pero allí tienen más dinero. Mi padre ha intentado convencer a otros científicos extranjeros de que el Humdrum es una amenaza para todo el mundo mágico, no solo para el británico.

—Me gustaría que nos acompañaras en algunos de nuestros estudios —dice—Podrías conocer al doctor Schelling; tiene su propio laboratorio en Cleveland.

Me doy cuenta inmediatamente de lo que pretende: esta es la estrategia de mi padre para mantenerme a salvo del Humdrum. Ocultarme en Ohio.

—Podría —respondo— Si pudiera saltarme las clases.

—Te haré una autorización.

—¿Puede venir Taeyong también?

Tensa los labios y vuelve a subirse las gafas.

—No creo que pueda hacerle una autorización a Taeyong —dice, y levanta su bolígrafo— ¿De qué me has dicho que iba el trabajo de la escuela?

—Sobre la Tragedia de Watford.

—Cuéntame si aparece algo que arroje luz sobre el Humdrum. Siempre me he preguntado si alguien siente su presencia allí.

Me doy cuenta de que vuelve a tener la mente puesta en el trabajo. Así que me levanto de un salto de la silla y me dispongo a salir del laboratorio.

Me detengo en la puerta.

—Oye, papá, una cosa más: ¿Alguna vez has conocido a un mago llamado Taeil?

Levanta la vista y su rostro no se mueve ni un milímetro, así que sé que me está ocultando su reacción.

—No me suena —responde— ¿Por qué?

Mentirme no sería propio de mi padre.

Mentir a mi padre tampoco sería algo propio de mí.

—No sé, es solo un nombre que leí en La Crónica, y no lo reconocí.

—Mmm —dice— No creo... No creo que sea alguien importante.



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